En cierto momento, le pareció incluso que levantaba su mirada hacia él y que ambas se cruzaban por un instante. Ya no se volvió a repetir.
-¿Has visto que maravilla de chavala? ¿Pero cómo habrá llegado hasta aquí? ¿Qué historia habrá debajo de esos tremendos hábitos? Ya me gustaría hablar un momento con ella, ya. Pero estoy soñando con un imposible.
-¡Cállate que nos van a oír y nos despacharán! Sigue mirando al libro y calla.
Pero ya nada fue igual para Pedro. Toda su atención y todas sus miradas estuvieron dedicadas a escudriñar inútilmente debajo de los ropajes que cubrían el cuerpo de aquella mujer. Cualquier movimiento, de rodillas, arriba, de rodillas otra vez, abajo, al suelo, de pie, parecía que le iba a permitir admirar otra vez aquella maravilla de rostro que la suerte le había deparado ver tan fugazmente.
Antes de finalizar, un momento antes de terminar, la muchacha sustituyó a la monja que había estado dirigiendo el rezo en el atril, y entonó una oración de despedida que le resto contestó con su increíble y dulce monotonía gregoriana.
Regina coeli laetare alleluya
Quia quem meruisti portare,alleluya,
Resurrexit, sicut dixit, alleluya:
Ora pro nobis Deum, alleluya.
Fue un momento de gloria para Pedro. Ella estaba de frente y podía contemplarla cara a cara. Y oír su voz. Y ver su boca abrirse y cerrarse para dejar escapar una música celestial que le arrobó.
Y antes de iniciar la última genuflexión, volvió a levantar fugaz la mirada hacia él y después se tendió sobre el suelo durante largo rato, igual que todas sus compañeras.
El silencio y la quietud se volvieron violentos. Nadie movía ni un pelo. Parecía que hasta la respiración se hubiera detenido por un momento. El corazón latía en el pecho con una tremenda desazón. ¿Cuánto va a durar esto así?
Tras una larga espera, iniciaron de nuevo el lento desfile que las había traído hace ya tanto rato. La iglesia quedó solitaria y los dos amigos abandonaron en silencio y un tanto temerosos el recinto, dirigiéndose a sus cuartos sin mediar más palabra.
-Pedro, que con la historia de los rezos, no nos hemos acordado de cenar.
-Bueno, como hemos comido bien, nos podremos arreglar con un par de frutas y algo de pan que queda en la mochila.
Ya nos apañaremos para el desayuno de mañana comprando algo, si no nos dan desayuno las monjicas. Agua ya llevamos en la cantimplora.
Qué remedio. Cena frugal y a dormir. En el silencio de la noche las viejas camas dejaban oír continuamente los chirridos de muelles y hierros al menor movimiento que ellos hacían mientras intentaban conciliar el sueño
-Luis, que no consigo dormirme. Tengo los rezos metidos en la cabeza y no puedo pensar en otra cosa.
-Venga, calla de una vez. Que cuanto más hables más nos costará dormirnos. Cállate ya.
Al poco rato, la respiración de Luis le hizo saber a Pedro de forma cierta que su compañero había conseguido su objetivo. Ya descansaba feliz en brazos de Morfeo. Pedro seguía desvelado.
Desde el cercano huerto y a través de la ventana sin cristales del cuarto, llegaba de cuando en cuando el rumor de las aves que pasaban la noche en las ramas del arbolado, algún piar inquieto, algún revoloteo repentino, y luego de nuevo el silencio.
Más tarde ya, Pedro pensó haber oído algún ruido proveniente de la parte interior de la casa. Prestó atención pero no oyó nada más.
Poco tiempo había pasado cuando de nuevo, el rumor fue más cierto y hasta pareció que se convertía en unos suaves pasos que se acercaban.
Entonces la vió. Era ella. Era la novicia que tanto le había impresionado en la iglesia.