Por la noche, después de unas últimas recomendaciones, la joven enfermera se marchó, llevándose consigo el aparato de oxígeno. Cayó la noche sobre la sala de espera. La maestra durmió muy mal, sintiéndose dolorida e incómoda en la butaca, con su maleta al lado. Se oían gemidos de niños en la oscuridad, ronquidos, y llegaba a su olfato un potente olor a humanidad y a sudor. Fuera, a través de los grandes ventanales, seguía divisándose el millón de luminarias de la ciudad y escuchándose el hormigueo incesante de la gente en las calles.
Pasaron muchas noches así, mirando siempre a través de las ventanas, contemplando continuamente las mismas manchas de humedad en las paredes, los mismos cuadros llenos de manchas, comiendo lo mismo: amonites de la peor clase, sopa de harina y, alguna vez, un postre hediondo hecho con zanahorias y una mínima porción de azúcar.
De día había visita médica, y a veces algún aliciente, como podía ser la presencia de un Delegado de Trabajo para tratar de colocar a las personas aún útiles. Incluso vinieron unas mujeres de una organización caritativa para traerles unas latas de conserva, periódicos y algunos juguetes para los niños, ¡cómo si fueran pobres de solemnidad!
Lo habían tenido todo y ahora no tenían absolutamente nada, ni siquiera una vivienda propia. Y 1o peor era la espantosa soledad y el atroz egoísmo que había invadido a todos. Mientras aún vivían en Nueva España 3, había habido entre ellos una solidaridad continua que podía resolver cualquier problema personal, familiar o de otra índole. Conversaban por las noches, se ayudaban unos a otros, sentían en sí mismos las desgracias de los demás. Aquí eso había terminado. Cuando el servicio de la sala de espera sacaba los amonites fibrosos, la tibia sopa, y el escaso postre, se arrojaban sobre ellos como bestias, y los comían sin hablar con los demás.
Surgían envidias hacia aquellos que iban marchando. Los niños, que antes eran un tesoro común, eran ahora una continuada molestia, con sus gritos y sus llantos ininterrumpidos. En vano intentó la señora Hidalgo reorganizar las clases, aunque fuera en aquella húmeda sala. Fue inútil. No obtuvo colaboración ninguna por parte de los padres; habían caído todos en una masificación embrutecedora.
Diez días después del traslado sólo quedaban unas cuantas familias sin colocar, y la señora Hidalgo. Todos habían obtenido un pase, y podían salir a las horas marcadas. Pero no querían. Tenían miedo a aquel mundo tan distinto, del cual ya se habían olvidado. No obstante, la maestra tuvo que intentarlo, puesto que quería presentar una instancia ante el Ministerio de Ultratiempo, por ver si podía ser destinada a otra Estación Temporal. Recordaba ahora con horror el caminar apresurado entre masas de gente que la rodeaban por todas partes, empujándola con los codos, con las rodillas, echándole a la cara el aliento... hablando sin cesar. En tres ocasiones la patrulla de Tráfico Ciudadano le pidió el pase. También vio cómo detenían y se llevaban a un desgraciado que había salido fuera de hora. En las paredes, altavoces públicos retransmitían sin cesar noticias sobre la situación de la ciudad.
-Gigantesco atasco entre San Sebastián de les Reyes y Alcobendas. Prohibido terminantemente desplazarse a esa zona, bajo pena de reclusión por tres meses. Pases totalmente suspendidos. Terminada completamente la provisión de alimentos pérmicos en la zona de Vaciamadrid. Inútil por completo acudir allí; no hay existencias. Escape de gas ciudad en el centro de la calle de Alcalá. Tráfico suspendido provisionalmente. Prohibidos vehículos de cualquier tipo en Gran Vía y Sol. Accidente general de tráfico en Chamartín: trescientos veintisiete muertos. Se suministrarán listas oportunamente... Permanezcan atentos a las noticias sobre tráfico ciudadano.
La gente estaba amontonada bajo las pasarelas de cemento armado, se acurrucaba en las puertas de las casas, caminaba en densas masas gritonas por las calles... Un espantoso hedor a suciedad y a carne humana salía en oleadas del gentío.
Los altavoces aullaban:
-Tapón de tráfico humano a la altura del número 122 de Joaquín García Morato. Desvíense por las calles Bravo Murillo y adyacentes, hasta General Sanjurjo. Repetimos la noticia: tapón en García Morato. Fuerzas de Tráfico Ciudadano acordonan el área. Desvíense por Bravo Murillo y adyacentes hasta General Sanjurjo. Pases suspendidos bajo pena de reclusión por tres meses.
Un ferrocarril aéreo ultrarápido que exhalaba una pesada tufarada a alcohol mal quemado la condujo hasta el Ministerio. Una barahúnda de seres humanos se acumulaba en las ventanillas; sólo se veían brazos levantados enarbolando instancias, recursos, reclamaciones... Los empleados desbordados, no podían atenderles.
-Es un día tranquilo -dijo una voz, a su lado.
Nunca supo quien había pronunciado esas irónicas palabras.
Al volver vio cómo una madre con dos niños caía, gritando, bajo los pies de la multitud, mientras seis guardias de Tráfico Ciudadano intentaban rescatarla. Fue inútil. Las espesas masas apretujadas no podían detenerse en su movimiento, empujadas continuamente por los que venían detrás. En diversos lugares, las ambulancias, aullando sin cesar, surcaban lentamente la hacinada turba... Era en vano. La gente se retiraba hacia los lados, dando codazos, empujando. Sintió un fuerte pinchazo en un costado. Unos gritos se levantaron a su alrededor.
-¡Un pinchador, un pinchador! ¡Ahí va, que no escape!
Cien manos se cerraron sobre una figura gris, que fue sacudida a un lado y a otro. Alguien alzó en alto la gran aguja de acero de que el desgraciado se servía para abrirse paso. Unos gritos inconexos llegaron a oídos de la casi desmayada señora Hidalgo.
-… mujer enferma… prisa... médico...
Era inútil. Estaban linchándolo, aporreándolo hasta morir, sin que los guardias de Tráfico pudieran acercarse. La señora Hidalgo sintió que la cabeza se le iba.
-No se desmaye, por amor de Dios. Si se cae, ya ha terminado usted.
Era un hombre corpulento, de rostro amable, mal vestido, como todos los demás. Durante unos instantes la sostuvo; después, la masa llena de alaridos le arrastró.
Los altavoces volvían a gritar:
-Hay alimentos pérmicos, tubérculos ricos y suculentos, excelentes amonites, y pan integral en barritas de cien gramos, en los establecimientos de la Barriada de San Cristóbal...
-¡Es mentira! -aulló una mujer que tenía las ropas desgarradas-. ¡Siempre dicen eso cuando quieren que nos vayamos a algún lado! ¡Mentirosos, mentirosos, cerdos!
-Excelentes amonites de los más finos, así como también nabos de maravillosa calidad, muy jugosos. Un pinchador ha sido linchado por la multitud en el barrio de Moratalaz; que sirva esto de lección a los que quieren violar el derecho de los demás al libre tráfico. Recordadlo: está próximo a terminar el turno de las doce. Apresuraos... si no podéis regresar a vuestras casas, entrad en el más próximo refugio.
Afortunadamente, la maestra consiguió llegar a la triste sala de espera antes de que terminase su turno. Había menos gente; muchos se habían ido ya a sus nuevos empleos en aquel mundo odioso.