La última lección sobre Cisneros 9
Gabriel Bermúdez Castillo.
Elfos Número XIV MMIII

La última lección sobre Cisneros. Gabriel Bermúdez (ElfoSci-Fi)
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La última lección
sobre Cisneros

Gabriel Bermúdez Castillo

Llegó un día en que se quedó sola. Inútilmente la visitaron el delegado de Trabajo y el propio Guardabosque (de quien decían que había sido procesado, pero sin ser verdad). La señora Hidalgo no tenía donde ir; ni parientes ni amigos, ni siquiera un triste conocido. Bien era cierto que su sueldo se había amontonado en la Caja de Ahorros de Madrid mientras estaba destinada en Nueva España 3. Incluso había llegado a pensar que tenía ahorrada una pequeña fortuna, dado que los gastos en la estación temporal eran prácticamente nulos. Pero no era así. La tasa de inflación era tan intensa, que sus ahorros apenas le llegarían para subsistir medio año, en un cuartejo alquilado, naturalmente sin calefacción ni cocina, y comiendo alimentos de la peor calidad. El sueldo, a pesar de sus continuas rectificaciones, era también insuficiente.

Quizás hubiera alguien de buen corazón en la estación temporal. Llegó un momento en que le cedieron un catre en una habitación abandonada, fría, húmeda, y con un pequeño ventanuco que daba a un patio. Y allí siguieron pasando los días, sin que la respuesta del Ministerio llegase. Ya no le importaban en absoluto las causas de la destrucción de Nueva España 3; eso pertenecía al pasado feliz, olvidado y muerto. Sólo quería marcharse de allí, como fuera, con tal de volver a una de las nuevas estaciones. Y si era preciso no de maestra, sino de barrendera, de cocinera, hasta de mendiga... Si hubieran existido mendigos en el Pérmico Medio habrían vivido un millón de veces mejor que el más rico de los españoles del Presente.

De los demás habitantes de la estación temporal sólo volvió a ver a un matrimonio que un día cayó por allí para recoger un baúl olvidado. La señora Hidalgo casi no los conoció. El hombre estaba delgado; macilento, con un espantoso gesto de fatiga en el rostro. La mujer tenía un brazo roto; según explicó, a causa de un accidente de tráfico. Y todos sabían muy bien que estos accidentes no eran ya de automóvil. Sólo hablaron unos momentos con ella. Tenían prisa; siempre tenían prisa. Los niños estaban en un corral de infantes, con otros cincuenta mil más, como ganado. Los veían solamente los domingos; no podían ir los demás días. El trabajaba en una fábrica de conversión de estiércol humano; ella, en unas hilaturas. Vivían en una sola habitación, todos apiñados, y aún podía decirse que tenían suerte. Carecían de agua, que era preciso traer diariamente de un grifo público; no tenían calefacción, ni tampoco servicios higiénicos, que eran generales. Al parecer, las batallas por el uso del lavabo eran aterradoras; entre una docena de vecinos habían contratado un matón para que les reservase y defendiese los turnos. No; no sabían nada de los demás. Viedma, García Berry, el Guardabosque... Todos se habían perdido en la gigantesca ciudad...

-Y aquí dicen que estamos bien -concluyó el hombre amargamente-. Parece que Tokio, Nueva York y otros sitios así son... no sé, vamos, que no se puede explicar.

Ninguno más apareció, y los meses pasaron uno tras otro, siempre con la misma rutina. Bajar de la sucia habitación para comer en el bar, pagando precios cada vez más altos por una ración de carne llena de huesos, o por un pan negro y crujiente de arena... Beber solamente agua clorada, turbia y llena de residuos. Una cerveza o un vaso de vino eran un lujo sólo al alcance de los poderosos. Ver la televisión en la sala de espera. Y de nuevo la habitación, las pesadillas, los recuerdos.

. Una vez, en pleno invierno, la anciana maestra intentó presentar una nueva instancia. No pudo llegar al Ministerio; las cosas habían empeorado, y los tapones de tráfico le cortaron el paso por todas partes. Cuando vio que su ración de tiempo terminaba tuvo que regresar, con la arrugada instancia en el bolsillo.

Solicitó inútilmente un pase especial, alegando su edad, las dificultades de desplazamiento, la gestión que tenía que hacer. No se lo concedieron.

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