Las puertas volvieron a abrirse inmediatamente, y una vaharada de aire maloliente entró a través de ellas. La señora Hidalgo sintió una impresión de atosigamiento, de asfixia... Vio luces en hileras que se extendían hasta el infinito, algo como una nube gris, sucia y dañina, que se levantaba sobre masas y masas de edificios rectangulares. Madrid se extendía a su vista, con sus colmenas, con sus calles llenas de vehículos expidiendo humos sin cesar, con sus muchedumbres que circulaban empujándose con los codos para hacerse sitio...
-No puedo respirar... -gimió la señora Hidalgo.
Una enfermera le colocaba en la cara una mascarilla de oxígeno. Con los ojos desorbitados, la maestra aspiró a grandes bocanadas, mirando a su alrededor, aterrada.
-Hay menos oxígeno aquí que allí, señora -dijo la muchacha-. No es usted la primera a quien le pasa esto. Respire hondo, por favor. Se aliviará enseguida.
A 1o lejos, como un corte anatómico, se mostraban grandes torres cuadradas, todas iguales, con miles de ventanas que comenzaban a iluminarse en la muriente tarde. Desde la altura en que estaban situadas las Cúpulas del Presente, eran fácilmente perceptibles densas masas de algo como hormigas que se movían a millones, a centenares de millones al parecer, cubriendo el asfalto, entre luces de colores, semáforos, vehículos que lanzaban nubes de humo... ¿Hormigas? ¡No! ¡Eran gente, personas, seres humanos!
-Dios mío -musitó la maestra suavemente, casi en un sollozo-. Dios mío. Qué horror.
Y los ruidos que llegaban al complejo de estaciones temporales eran igualmente insoportables. Gritos, bocinas, sirenas, alaridos de propaganda, y algo, lo más terrible, como el confuso rumorear de miles de grajos que chillasen todos a la vez, o como el zumbar simultáneo de un millón de colmenas, o como el volar de la más grande bandada de meganeuras que jamás se hubiese visto. Pero no era eso... Ni grajos, ni colmenas, ni meganeuras. Era gente, gente hablando sin cesar... A pesar de la distancia, llegaba hasta allí el bordoneo incesante de las conversaciones de esos centenares de miles de personas... que caminaban por las calles, trepaban por las pasarelas de hormigón sobre las calzadas, subían y bajaban al ferrocarril aéreo, circulaban por las rampas en espiral alrededor de los altos edificios...
-No pensaba... -dijo la maestra débilmente-. No pensaba que hubiera tanta gente en Madrid, ahora.
-¿Ahora? -dijo María Baile, señalando al acongojante hormigueo humano-. ¿Eso? Por favor, señora: eso es sólo parte. No los dejan salir cuando quieren, ¿sabe?
La señora Hidalgo sintió que una mano de acero le estrujaba el corazón.
-No la comprendo -murmuró-. ¿Qué quiere usted decir?
-Para salir a la calle hace falta un pase -contestó María Baile fríamente-. A usted también le darán uno. ¿O es que cree que se puede salir a la calle a todas horas, cuando se quiere? Si se permitiera eso, habría una verdadera batalla por el sitio. No, señora Hidalgo. Madrid no tiene calles suficientes para que quepan en ellas todos los que viven ahí. Cuatro horas al día, nada más. Mire usted.
Mostró una tarjeta amarilla, con su foto, y la leyenda «Pase de circulación peatonal. - 10-12 mañana. 18-20 tarde.» La maestra se quedó mirándola, como hipnotizada.
-Eso, ¿quiere decir... quiere decir que usted sólo puede salir a esas horas?
-Yo estoy algo favorecida, por ser funcionaria del Estado. Puedo pedir pases especiales... pero la mayoría de la gente no. Y al que cogen en la calle fuera de horas, ya puede prepararse... Hay a quien le ha costado un buen disgusto. A la primera vez, multa, y muy seria. A la segunda, privación del pase por un mes... ya ver qué sucede con el trabajo y esas cosas. A la tercera, dos años de cárcel.
-¡Es... es odioso, repugnante!
-Puede. Pero Madrid tiene veintidós millones de habitantes... ¿qué quiere usted que hagamos? ¿No pretenderá usted que establezcamos el control de natalidad, como otros países ateos y materialistas?
-Yo no pretendo nada -contestó la anciana-. Sólo quería vivir... vivir...
Poco a poco fue acostumbrándose al mefítico aire de la capital. La enfermera la acompañó, juntamente con la mascarilla y la bombona de oxígeno, hasta una gran sala de espera, similar, sólo que mucho más grande, a la que en sus tiempos tenía el aeropuerto de Barajas. Lo comentó con la muchacha, y ante la expresión sorprendida de ésta, recibió una respuesta inesperada... En Barajas no había ya aeropuerto, sino series interminables de bloques de hormigón, con miles de habitantes... El aeropuerto de Madrid estaba ahora al final del barrio más lejano: en Guadalajara. Y apenas funcionaba; casi no había petróleo en el mundo, y el combustible de aviación era tan escaso, que el costo de los viajes resultaba totalmente prohibitivo.
-¿Y el resto del mundo?
-No sé, señora. En todas partes es igual, creo yo.
A la maestra la asaltó una curiosidad muy femenina.
-¿Es usted soltera, señorita?
-Bueno... -dijo la joven-. Ya me dijeron que ustedes traían unas ideas muy particulares. Según como lo mire, sí lo soy.
No aclaró nada más, pero en la conversación posterior se refirió a tres hombres distintos con terminas excesivamente claros. La señora Hidalgo se escandalizó, y aún aumentó más ese sentimiento cuando la cuarta mención fue de un nombre femenino, involucrado, de una manera que no consiguió explicarse, con la misma enfermera y con los otros tres hombres.
-¿Qué come usted, señorita?
-¡Amonites! ¡Los odio! Son repugnantes, bastos, fibrosos... Pero no me llega para más, ¿sabe?
Amonites, y de los grandes, evidentemente.
-¿Crinoideos en almíbar no?
-¡Eso es para los ricos!
En la inmensa sala de espera estaba buena parte de las familias que habían ocupado Nueva España 3. No hubo saludos ni alegría. Y la señora Hidalgo se sorprendió al saber que algunos de ellos llevaban allí dos semanas enteras. Dos semanas durmiendo en una butaca, comiendo la basta e insípida comida que la Administración les suministraba, sin poder salir al exterior, sin cine, sin nada que hacer, solamente con un vetusto aparato de televisión que transmitía noticias incomprensibles y películas de acción y tiros.
-Control médico -aclaró la enfermera-. Ustedes podrían traer alguna enfermedad... Pero saldrán pronto; no se preocupe. Respire otro poco de oxígeno... ¿o se va encontrando mejor?
No. La señora Hidalgo no se sentía mejor, y no era ya la atmósfera pobre en oxígeno y rica en miasmas lo que la molestaba. Era la espantosa sensación de opresión humana, la falta de grandes espacios, el encierro en aquella sala limitada por espesas paredes. Lo del Pérmico había sido un juego de niños, al lado de esta atosigante civilización.