La última lección sobre Cisneros 6
Gabriel Bermúdez Castillo.
Elfos Número XIV MMIII

La última lección sobre Cisneros. Gabriel Bermúdez (ElfoSci-Fi)
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La última lección
sobre Cisneros

Gabriel Bermúdez Castillo

La evacuación comenzó al día siguiente. María Baile había ocupado de nuevo el edificio administrativo, juntamente con el Coronel que mandaba las fuerzas de ocupación. Había centinelas en las calles, se habían retirado todas las armas, y estaba prohibido salir después de las nueve de la noche. Por la mañana aparecieron en la puerta del edificio administrativo las listas que expresaban el orden en que los habitantes de Nueva España 3 debían retornar al Presente. No le sorprendió mucho a la señora Hidalgo encontrarse en la primera expedición; después de todo, no estaba considerada personal imprescindible. Por el contrario, los mecánicos eran los últimos; deberían desmontar todo antes de marcharse.

No perdió el tiempo la anciana maestra. Tras mucho insistir, logró ver a la Delegada gubernativa.

-Quiero saber -dijo- por qué tengo que irme mañana.

-Aquí ya no hace usted falta, señora -contestó María Baile secamente.

-Eso ya lo sé... Sólo hay una razón para que quiera quedarme aún. Esto lo hizo mi marido... y su tumba está aquí. Me imagino que tengo el derecho de estar a su lado hasta el final.

María Baile meditó unos momentos, fijando en la anciana una mirada indiferente.

-Es igual -dijo por fin-. No hay más que doce tumbas en el cementerio. Puedo retrasarla a usted, y aunque los demás lo pidan, sólo serán doce motivos. Está bien. Irá usted en la última expedición.

En las calles, los soldados comían paella de amonites y pan blanco, entre gozosas exclamaciones.

-¡Esto es vida, tú!

-Estáis vendidos al capitalismo -les dijo Viedma. No le hicieron caso. Comían alimentos como no los habían probado en el Presente, se paseaban por el pueblo, y contemplaban con ojos bovinos la creciente destrucción que iba apoderándose de éste.

Las primeras expediciones, con sus maletas y enseres privados, como pobres emigrantes, atravesaron los lucientes platillos de la Cúpula.

En las pesquerías, los dos barcos de pesca fueron desmontados en los mismos sectores en que se les había transportado al Pérmico Medio, y después enviados nuevamente al Presente. Las toscas instalaciones de madera que se utilizaban como muelle de atraque fueron incendiadas.

En las viñas, los tractores arrancaron cuidadosamente todas las plantas y raíces, pues no podían dejarse rastros en el pasado de un vegetal que no existía entonces. La inmensa pila de sarmientos ardió furiosamente durante dos días, después de que los lanzallamas hicieran presa en ella.

Las casas de un blanco aterciopelado, la escuela, las maquinarias de enlatado y conserva, los muebles, las calderas de vapor, fueron desmontadas y trasladadas.

Los soldados contemplaban aquel espectáculo dantesco con ojos espantados, mientras las grandes maquinarias se movían entre llamaradas y turbiones de humo.

-Sois unos sucios rojos -les dijo García Berry.

-¡Déjanos en paz, que nosotros somos unos mandaos!

Diez días después de la invasión, sólo quedaban en el pueblo algo más de cuatrocientas personas. La mayor parte de las tropas se habían marchado también, con gran dolor, al parecer, por abandonar la comida sin límites y un trabajo tranquilo. Había grandes claros en los lugares donde se habían desmontado las casas, apareciendo entonces una tierra más clara, de un color distinto, como cuando se retira un cuadro de una pared.

;Caían las planchas de pino del Pirineo, se desmontaban el pequeño hospital y el quirófano... se empaquetaban los medicamentos de la farmacia. Las butacas y los aparatos de proyección del diminuto cine eran trasladados hasta la Cúpula en un remolque; en otro iban el tocadiscos y el mostrador de la sala de baile... Alrededor de los dos transmisores temporales se apilaban los fardos, las maquinarias, se agrupaban tristemente, como ganado, los componentes de cada expedición...

Después sólo había un relámpago blanco entre los dos grandes platos de hierro magnetizado, y todo desaparecía, catapultado al Presente, mientras miles de caballos de fuerza fluían a través del tiempo.

Se aproximaba el último día. Por la mañana, los soldados, provistos con lanzallamas, se situaron en el campo de trigo, formando una larga línea que se extendía en toda la longitud de éste. A las siete de la madrugada exactamente, largos chorros de fuego anaranjado surgieron de los tubos goteantes de grasa, y las espigas amarillas, inclinadas bajo el peso de los granos, se retorcieron entre el fuego. Altas llamaradas amarillo-rojizas, acompañadas de nubes de humo negro, se alzaron hacia el azul esmaltado del cielo, destruyendo todo lo que tanto trabajo había costado.

-Pero, ¿por qué, por qué?

Siempre la misma respuesta.

-La estación estaba mal establecida. No podíais seguir aquí.

-Pero, ¿por qué tenemos que pagarlo nosotros? Si se ha equivocado el Ministerio, o quien sea, nosotros, ¿qué culpa tenemos?

Silencio.

-¿Dónde podemos reclamar?

Silencio.

Las llamas consumieron los últimos restos del trigo, y los pocos tractores que quedaban pasaron y repasaron, entre un calor húmedo, cargado de electricidad, borrando todo rastro de la presencia humana en aquellos campos. Los escasos residentes contemplaban con el corazón encogido aquella orgía de destrucción.

Al día siguiente los últimos edificios fueron desmontados, y solo quedó un grupo de personas ante la Cúpula. Días antes, la que sirviera para trasladar las tropas había desaparecido también. Poco a poco el transmisor iba tragando las piezas de los tractores, las últimas maletas y baúles.

Llevando una mandarria en la mano, la señora Hidalgo se dirigió al cementerio. Sabía perfectamente lo que había que hacer antes de marchar. Los demás lo habían hecho ya, y ella no iba a ser una excepción.

-Eso pesa mucho para ti -dijo el Guardabosque-. Dámelo, lo llevaré yo.

La maestra se negó. De ninguna manera; quería sentir en la mano el peso de aquel instrumento de destrucción hasta el último momento.

En el cementerio sólo quedaba en pie la cruz de Pedro Clemente. Las demás habían sido quemadas, si eran de madera, o arrancadas, si eran de metal. Este era el destino que le correspondía a la cruz de hierro esmaltado que durante quince años amparase aquella tumba. Entre los dos, con un esfuerzo, la sacaron de su alvéolo, y el Guardabosque la cargó al hombro. Durante unos segundos, la anciana permaneció quieta, contemplando la losa de arenisca roja, con las letras grabadas torpemente, y sintiendo en el alma un frío atroz, como si estuviera muriendo en ese momento.

Alzó la maciza maza de metal. Miró a su alrededor. En los emplazamientos de las casas había vuelto a crecer la basta hierba del Pérmico, y algún tallo de cicadácea, con su abanico de hojas plumosas, de un verde apagado, surgía más alto que el resto de la naciente vegetación. En un solo año no quedaría rastro de la presencia humana en aquel lugar. Incluso en el recién quemado campo de trigo habían aparecido ya los primeros brotes de los lepidodendros.

La maza cayó con furia, una y otra vez, sobre las letras de la losa funeraria, haciendo saltar esquirlas de roca roja, borrándolas, y haciendo desaparecer por completo el último rastro de vida humana. Con lágrimas en los ojos, la señora Hidalgo entregó la maza al Guardabosque, que la colocó sobre su hombro, al lado de la cruz. Lo que quedaba allí no era ya una losa, sino una simple roca roja de forma groseramente rectangular, que podía haber existido en cualquier otro momento y tiempo.

Al lado de la Cúpula sólo quedaban María Baile, un par de mecánicos, media docena de soldados, y unas cuantas maletas. A la señora Hidalgo apenas le dio tiempo a sentir nada; hubiera querido en ese instante pedir la gracia de dar un último paseo, de sentir por última vez las hojas de las plantas, la áspera tierra, de respirar la postrera bocanada de aire oxigenado... Cuando quiso pensarlo, estaba ya bajo el plato de hierro magnetizado, mirando al exterior, mirando, mirando... Las puertas se cerraron suavemente. Sólo quedaba una franja (los cuadrados donde habían estado las casas, el negro campo de trigo... un trozo de azul), luego una cinta, más tarde un hilo... La oscuridad; una luz piloto en el techo. Un relámpago silencioso, y la Cúpula, arrastrando con ella todo su cargamento, se marchó para siempre del Pérmico Medio.

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