En la librería Pórtico de Pepe Alcrudo, en la calle Costa, conseguí libros que por aquel entonces no se podían comprar:
Dos Passos, Henry Miller, Faulkner, Salvador de Madariaga, Ramón Sender... En 1955, mi amigo Pepe Alcrudo me mostró un libro de la
colección "Nebulae": Los monstruos del espacio, de Van Vogt. Me dijo que eso era Ciencia Ficción. "No me
convence mucho", dije yo. Yo sólo conocía como Ciencia Ficción a Julio Verne, y tenía la idea de que era un autor
no infantil, pero sí para la juventud, idea que se ha corregido después. Leí Los Monstruos del Espacio. Actualmente
diríamos que "me flipó", entonces dije que me subyugaba, y me gustó tanto que pensé que yo también podría escribir algo de eso.
Debo agradecer también a Pepe Alcrudo que me enseñara la existencia de Lovecraft. Sus cuentos y relatos, hoy muy conocidos,
entonces apenas lo eran. En 1955 yo había conseguido ya todas las historias de Lovecraft, eso sí, en francés, y me las había
leído enteras. En 1964 aparecen los cómics que publicaba Eric Lostfeld en Francia en tapa dura. Un año más tarde aparece
Nueva Dimensión, revista encabezada y dirigida por Domingo Santos, y también la revista Más allá, la
cual empecé a coleccionar pero que no sabía en qué número terminaba. Gracias a mi amigo Fernando Eguidazu, editor de "La Ciencia Ficción
española", en 2002 conseguí el último número, el 48.
Con el profesor Angel Azpeitia Burgos colaboramos juntos en 1969 haciendo un par de trabajos relacionados con el cómic. Uno de esos
trabajos era un artículo largo, "Los medios de expresión en el cómic actual". Lo hicimos con una máquina
fotocopiadora primitiva que, si no recuerdo mal, funcionaba con alcohol y a manivela. Y después entre los dos nos inventamos una especie de cómic
del tipo tiras de revista americana, cuyo protagonista era un guerrero llamado Celtior que vivía en una ciudad costera del sureste de España
que, quizá premonitoriamente, se llamaba Astia, parecido a Mastia,que es uno de los nombres antiguos de Cartagena.
No olvido tampoco a Eduardo Valdivia, con el que tuve una extraordinaria relación, quien me introdujo en la peña del Niké,
donde conocí a mucha gente. Con él viví momentos interesantes y una anécdota que voy a contar porque sirve para
ilustrar cómo se puede producir a veces la creación literaria. Cuando caminábamos por una calle cercana a la Plaza de
Toros, nos echaron un jarro de agua encima, a los dos, desde una casa. Ante nuestro disgusto, y la mojadina consiguiente, y
acompañados por un guardia que pasaba por allí, subimos al piso desde donde habían arrojado el agua. Nos encontramos ante una
señora muy cariacontecida que, humildemente y muy turbada, nos pide disculpas por la travesura de su niño. Nos fuimos. Hablando,
hablando, a Eduardo se le ocurrió que si en vez de ser una señora, y no subimos con el guardia, resulta ser un hombretón, igual nos hubiera pegado.
-Podría haber sido -dije- y esto podría dar para una historia.
-Claro, Gabriel, nos abre un hombre y ...
-Pero el que sube no somos nosotros -continúo-, es una persona
sin importancia, insignificante.
-Sí -contesta Eduardo-, un hombrecillo al que en su casa su
mujer lo maltrata, en el despacho no pinta nada, en la calle nadie le hace caso...
-Efectivamente, y cuando sube a la casa, ese hombretón musculoso, enorme, se humilla, le pide excusas y casi se arrodilla pidiéndole piedad.
-Oye, pues sí, se puede sacar algo bueno de allí. ¿La vas a escribir tú, Gabriel?
-Pues... no, Eduardo, no va mucho con mi estilo, yo estoy más metido en lo de Ciencia Ficción
-Pues entonces la escribo yo -dijo Eduardo, y le dio la terminación lógica, porque Eduardo era un verdadero maestro escribiendo. La
terminación lógica era que ese hombrecillo se había sentido por primera vez en su vida importante y poderoso, y desde
entonces caminaba por las calles mirando los balcones a ver si le volvían a tirar otro jarro de agua.
En Guadix, destinado en mi profesión, empecé a escribir los primeros relatos de Ciencia Ficción. Después de hacer
las oposiciones restringidas y venir destinado a Zaragoza en 1968, los leen Eduardo Valdivia y Julio Antonio Gómez, y esos relatos
constituyen mi primera obra: El Mundo Hokun. Fué la única obra que a mí se me sometió a censura, y la única que
he escrito con seudónimo, quizá por ciertas convenciones familiares, porque aparecía alguna escena un poco atrevida, firmé
como Gael Benjamín. Entonces se produjo mi primera y única relación con la censura. Alguno de los cuentos según me
indicaron estaba rozando lo que se podía permitir. Me dijeron que tenía que dirigir una carta a la censura para responsabilizarme de ese seudónimo.