La tarde fue cayendo lentamente, y el intenso calor del día fue disminuyendo. Casi al anochecer comenzó a soplar un fresco viento procedente del océano de Tethys, y los ánimos se relajaron algo.
-Pero, realmente, Juan, ¿qué pensáis hacer?
-Mira, Mercedes... aquí no hay más que una cosa que hacer, y es quedarnos donde estamos. Comprenderás que no vamos a pagar nosotros un error de los burócratas del Presente. No voy a hacer lo que propone ese rojo perdido de Viedma... es decir, volar la estación, y quedarnos cortados. Primero, que es una barbaridad... si cambiamos el Presente, intervendría hasta el Consejo Intertemporal. Y segundo, que «ellos» pueden mandar otra cúpula, si quieren... No veo más que una solución; armar lío y resistir... ya cederán.
-Nos han engañado, dos veces, Guardabosque -dijo uno de los hombres, un encargado de las pesquerías del Atlántico-. Primero al hacernos creer que esto era un infierno. Y ahora, si se nos llevan, por segunda vez. Pero a mí no me sacan de aquí; yo no vuelvo allí; antes me los cargo... ¡pues vaya!
El quehacer de los pescadores no era excesivo. Con pasar una vez a la semana las grandes redes arrastradas por los dos barcos de pesca, era suficiente para tener trabajo de envasado y enlatado durante siete u ocho días... tal era la abundancia de vida marina.
El cielo estaba ya completamente negro. En esta latitud, que en esta época era completamente tropical, el crepúsculo duraba muy poco; la puesta de sol había sido rápida, y casi no hubo transición entre el azul brillante del cielo y la intensa negrura que había ahora. Las estrellas taladraban el terciopelo negro de la noche, con sus agujas de un blanco intenso, y la señora Hidalgo se retiró a su casa, mientras el piquete de trabajadores de Nueva España 3 continuaba haciendo guardia ante la Cúpula silenciosa.
Durmió mal. Sabía perfectamente que los rebeldes no tenían ninguna posibilidad de triunfo, y a pesar de eso, una lejana esperanza quería brillar todavía en su corazón. Se despertó antes de la hora acostumbrada, después de dar mil vueltas en la cama. Las sábanas estaban húmedas, y los primeros rayos del sol, que atravesaban las cortinas, fueron un presagio de la alta temperatura que iba a cernerse sobre el poblado.
La señora Hidalgo desayunó un brebaje hecho con hojas de calamites secas y tostadas, que quería parecerse algo a la manzanilla, y un bollo. Después, salió al exterior.
Las cosas continuaban igual. Caminó lentamente por la calle circular, observando las pequeñas casitas, de uno o de dos pisos, de un blanco andaluz, cubiertas por uralita roja, la llana tierra apisonada, las hileras de tractores inmóviles. Se aproximó a uno de estos. Hasta ella conocía el manejo de este monstruo de metal, pues en la época de la labranza todas las manos eran pocas. El campo de trigo tenía setenta y dos kilómetros de largo, y cada tractor, con la vertedera detrás, trazaba solamente dos surcos cada día; uno a la ida, y tras la parada para comer, otro a la vuelta.
El pequeño cementerio de Nueva España 3 estaba solitario. Unicamente había doce tumbas; tres de ellas de niño. Durante unos minutos la maestra permaneció quieta ante la tumba de Pedro Hidalgo, contemplando la losa de arenisca
roja, con las letras grabadas torpemente. La cruz era de hierro esmaltado, pues hubiera sido muy difícil tallada en una de las duras rocas entonces existentes.
Después caminó hacia la cúpula. El sol comenzaba a calentar de firme, y de los bosques próximos surgía el característico olor a humedad, que sin saber por qué le producía un escalofrío.
-¡Eh, mirad eso!
Era uno de los vigilantes. Sintiendo un estremecimiento, la maestra dirigió su mirada hacia donde indicaba la mano del hombre. A medio kilómetro del poblado, en medio del campo de trigo, acababa de surgir otra cúpula. Durante unos segundos el aire tembló a su alrededor, como recalentado; después se escuchó un chasquido sordo, como si se hubiera abierto una gran botella de champán, al desplazarse el aire que ocupaba antes aquel lugar.
A aquella distancia, la cúpula tenía el tamaño aparente de una lata de conservas. Sin embargo, pudo apreciarse perfectamente como las grandes puertas correderas se deslizaban a los lados, y como una serie de diminutas figuras, vestidas de verde oscuro, comenzaban a salir y a tomar posiciones en los alrededores del aparato.
-Son soldados -dijo el Guardabosque, tensamente-. Nos han mandado al ejército...
-¿Qué hacemos?
-Llamad a todos, y vamos fuera del pueblo...
La señora Hidalgo se acercó a Clemente y le puso la mano en el brazo.
-No hagas ninguna barbaridad, Juan. No podemos hacer nada.
-Aún no lo sé -contestó el hombre, con ira.