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EL DESTINO
Bajo los escudos, encontraron muchas más riquezas de las que habían imaginado. Con ellas cargaron siete botes que fueron y vinieron siete veces hasta amarrarlos de nuevo. En el último de ellos, en el viaje número siete, iba Fendar mirando a la mujer que se había ocupado de recoger al niño del barco para llevarlo al pueblo. Sabía que aquello era cosa de los dioses. Sabía lo que le esperaba a continuación. Tendría que reunir en su propia casa a los señores de las aldeas vecinas y explicarles lo ocurrido. Luego nombrarían una comitiva para ir con el niño hasta la capital. En el viejo castillo del rey se reunirían con los más nobles y con los más sabios. Y luego, creía Fendar, nombrarían rey a aquél niño venido por el mar desde el país de los dioses. Porque esa era su divina voluntad.
LA LEYENDA
No se equivocó Fendar Wiendlandsen. Todo sucedió como él había imaginado. Los daneses confiaron en la voluntad de sus dioses que habían enviado a uno de los suyos para que reinara en el país. Y le dieron el nombre de Skiold, Escudo, pues en medio de los escudos se había manifestado. Y Skiold se convirtió en un hombre más fuerte y más grande que los demás. Y sus hazañas fueron contadas en todos los rincones de Dinamarca. Y todos supieron que había vencido a un oso. Y todos se enteraron de que se había enfrentado en combate singular contra el rey de Noruega, y lo había vencido, y había obtenido la mano de su hija, y así había traído la paz y la prosperidad para los suyos. Y muchos daneses acudieron a la costa a despedirlo, cuando, muchos años después Skiold murió. Y su deseo fue partir en el mismo barco en el que lo encontraron, recostado en cubierta, bajo el mástil y las velas rojas, soñando, navegando hacia las desconocidas tierras del más allá de donde antaño vino.
Relato basado en una leyenda popular danesa Chema G Lera En Quinzano, el 15 de junio de 2001
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