La leyenda del Rey Skiold. ESPECIAL PUEBLOS DEL MAR

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La leyenda del Rey Skiold
Por Chema G Lera

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ESCARAMUZAS

Desde los barracones de los pescadores, situados al final del pueblo, se escucharon rumores metálicos. Fendar Wiendlandsen y sus hombres iban tomando posiciones, parapetándose detrás de los cascos de los botes de pesca. Las gentes de los acantilados se tranquilizaron un poco, al notar la presencia de su señor al mando del grupo de milicianos. Los guerreros se desplegaron a lo largo de todo el arco de la bahía. Si los vikingos atacaban, podrían contenerlos y quizá, si no eran muchos, rechazarlos.

Pasó otra tensa hora. El sol se iba ocultando. El agua se coloreaba de tonos rojos, y la nave vikinga refulgía. Las gaviotas volvían a sobrevolar la playa, gritando despreocupadas, disputándose en la arena los desechos que la marea iba haciendo llegar.

Si los vikingos no desembarcaban pronto, el barco dejaría de tocar fondo, y quizá se alejaría un poco con la pleamar. Fendar se preguntó entonces si los enemigos no estarían esperando eso mismo, para poner a salvo la nave de sus flechas, después de una maniobra equivocada por parte de su capitán. De talante guerrero y poco dado a calibrar estrategias, el señor tomó rápidamente una decisión:

–¡Disparad las flechas!

Desde detrás de los botes se escucharon casi al unísono cien chasquidos, y cien flechas surcaron el cielo describiendo un arco hasta caer, la mayor parte, sobre la cubierta de la nave silenciosa. Se oyó un repiqueteo, el de las puntas de acero clavándose en la madera, pero ni un sólo grito, ni un sólo lamento.

–¡Lanzad otra andanada, rápido! –volvió a vociferar Fendar.

De nuevo la nube de flechas viajó por el aire para atravesar la vela roja y aguijonear por dentro y por fuera el barco enemigo. De nuevo, el silencio más absoluto fue la única respuesta al ataque.

Enfurecido, Fendar Windlandsen trepó de un salto sobre el casco puesto boca abajo del barco de pesca tras el que se ocultaba. Desde allí, blandiendo una enorme hacha de dos filos por encima de su cabeza, el cabello y las trenzas de los bigotes sacudidas por el viento, Fendar profirió un estridente chillido:

–¡Uaaaagh!¿Es que ni siquiera vais a defenderos, cobardes? ¡Ah del barco!¡Luchad si sois hombres!

Las gaviotas volaron despavoridas y una lluvia de plumas blancas revoloteó por encima de los asombrados soldados de la playa.

EL ATAQUE

–¡Al abordaje!¡A por los vikingos!¡El tesoro del barco será nuestro!

Hasta que Fendar no gritó lo del tesoro, sólo él corrió por la playa con el hacha en alto, hacia el mar. Luego sus hombres reaccionaron y, como cangrejos en estampida, avanzaron por la arena a toda velocidad, gritando desaforados, con los escudos en alto, sobre las cabezas, pensando que las flechas enemigas llegarían de un momento a otro.

Pero no fue así, y en la rompiente de las olas se detuvieron todos.

El rumor del mar sonaba casi tan fuerte como la respiración entrecortada de los guerreros. Allí estaban todos, mirando la silueta del barco fantasma, balanceado por las corrientes marinas, en silencio.

¿Era una burla?¿Acaso probaban una nueva táctica de batalla? Fendar se había quitado el casco y se rascaba con las guardas de una espada corta que sujetaba con la izquierda, los cabellos rubios, sin entender nada. Uno de los hombres más viejos dijo entonces, con voz cascada:

–Es la peste. La peste negra navega en ese barco vikingo.

Dicho lo cual, escupió por el hueco de una muela, un enorme esputo que se meció en la resaca de una ola y desapareció entre la espuma. Luego el viejo dio media vuelta y regresó arrastrando los pies hacia el poblado. Tras él, varios soldados más hicieron ademán de retirarse, hasta que la astucia del amo encontró la fórmula para detenerlos.

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