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Página personal del poeta | |
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MARCEL SCHWOB El Libro de Monelle (fragmento) Has de saber que ellas lanzan un grito de compasión por vosotros y os acarician la mano con la suya descarnada. No os comprenden sino cuando sois desgraciados; lloran con vosotros y os consuelan. La pequeña Nelly salió de su infame casa para ir a ver al forzado Dostoievsky y, agonizando de fiebre, lo miró largamente con sus grandes y temblorosos ojos negros. La pequeña Sonia (ella existió, como todas las demás) abrazó al asesino Rodión después de confesarle éste su crimen. « ¡Está usted perdido! », le dijo con acento desesperado. Y levantándose súbitamente, se arrojó a su cuello y lo abrazó... « ¡No, en este momento no hay sobre la tierra un hombre más desdichado que tú! », exclamó en un impulso de piedad; y de pronto estalló en sollozos. Como Ana y como aquella muchacha sin nombre que encontró el joven y triste Bonaparte, la pequeña Nelly se sumergió en la bruma. Dostoievsky no dijo que fue de la pequeña Sonia, pálida y demacrada. Ni tú ni yo sabemos si pudo ayudar a Raskolnikof hasta el término de su expiación. No lo creo. Se apagó suavemente en sus brazos, después de haber sufrido y amado en exceso. Compréndelo: ninguna de ellas puede permanecer junto a vosotros. Se sentirían demasiado tristes y, además, tienen vergüenza de quedarse. Una vez que vuestro llanto ha cesado, ellas no se atreven a miraros. Os enseñan su lección y luego se van. Vienen en medio del frío y de la lluvia para besar vuestra frente y enjugar vuestros ojos; después, las espantosas tinieblas vuelven a tragarlas. Pues tal vez deben irse a otra parte. No las conocéis sino cuando se compadecen de vosotros. No debéis pensar en otra cosa. No debéis pensar en lo que hayan podido hacer en las tinieblas. Nelly en esa horrible casa, Sonia ebria sobre el banco del bulevar y Ana devolviendo el recipiente vacío en el comercio de vinos de una oscura callejuela, eran quizá crueles y obscenas. Eran criaturas de carne. Pero cuando salían de un oscuro callejón para dar un beso de piedad bajo el farol encendido, de la ancha calle, en ese momento se tornaban divinas. Hay que olvidar todo el resto. | |