Jesus Monreal Relato 3. ELFOS 9.
/ Número VIII MMII Mayo-Junio

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Vísperas, completas y eternas
Por Jesús Monreal

-Menos mal que ya está cayendo el sol. Ya estaba yo harto. A ver cómo amanece mañana, porque buena nos espera si sale igual que hoy.

-Sí, vamos a dar una vuelta a ver lo que hay por aquí. Fíjate qué maravilla de portada tiene la iglesia. Eso debe ser un románico tardío o un gótico primitivo. Debió de ser precioso cuando estuviera en pleno funcionamiento, lleno de caballeros, obispos y demás gente de la época. Como en las películas, vamos.

-Tú si que eres primitivo. Vamos a entrar al templo que eso sí que me interesa.

Y traspasando la tremenda portalada, como un arco triunfal repetido cien veces en la piedra, empujaron la vieja puerta de madera que cedió sobre sus goznes con todo el peso de su historia.

-¿Has visto qué herrajes tiene la puerta? ¿Y la cerradura? Me gustaría ver la llave capaz de mover semejante mecanismo.

El viejo templo les acogió en la oscuridad de su seno que al principio no podían atravesar con la mirada. Sólo unos tenues rayos del sol que ya estaba a punto de ocultarse flotaban muy altos, cerca del cielo de ojivas de piedra, después de colarse silenciosamente por unas pequeñas ventanas cercanas al techo.

Se apreciaba claramente que el conjunto del Monasterio había estado en estado ruinoso hasta hace muy poco tiempo. Tanto es así que, sólo una parte de la larga nave principal de la iglesia estaba practicable. Las altísimas columnas que conformaban el altar mayor y el crucero, no tenían otra decoración que una imagen románica de una Virgen colocada sobre una pequeña peana de piedra en el lugar de donde se supone debería estar el altar. El resto mostraba todavía los restos de los trabajos de albañilería inconclusos.

En todo el templo, unos pocos y desiguales bancos eran todo el mobiliario. Los más próximos a la imagen formaban un cuadro abierto hacia el altar y los otros estaban dispuestos en la forma tradicional, unos cuantos a cada lado, por si algún curioso o fiel quería permanecer en aquel solitario lugar con esta escasa comodidad

El tañido de una lejana campana les trajo a la realidad, o mejor dicho, les abstrajo un poco más de ella. El rítmico tintineo surgía de lo alto, pero no era posible adivinar desde donde. Era un toque repetido, insistente, que hacía inevitable prestarle atención. Una llamada irresistible.

-¿Qué estarán tocando ahora? ¿De dónde viene ese ruido de campana?

-Pedro, que no te enteras. Estamos en un monasterio de la orden de los Cartujos, aunque por lo que hemos visto es una rama sólo para mujeres, y a estas horas corresponde el rezo de las vísperas. Vamos a quedarnos a ver si no nos dicen nada y les acompañamos en el rezo. Igual ni nos ven porque ya se está haciendo de noche y aquí no hay más luz que estas cuatro o cinco velas.

Al momento percibieron movimiento por una puerta lateral y observaron asombrados cómo aparecían en lento desfile, una tras otra, con una parsimonia increíble, envueltas en sus hábitos austeros y toscos, las pocas monjas que al parecer habitaban el convento.

Vestían un hábito de un color indefinible. Las capuchas grises les cubrían las cabezas totalmente, impidiendo ver sus rostros a las miradas curiosas. Las manos ocultas en las amplias bocamangas, y un paso cansino, ceremonioso, silente, como si tuvieran todo el tiempo del mundo, que en realidad lo tenían.

Fueron colocándose delante de los bancos que formaban el cuadro, dos o tres en cada parte, primero de rodillas, y tras un breve saludo hacia el altar, postradas en tierra con los brazos formando una cruz. Inmóviles. Silenciosas. Daba la impresión de que hubieran caído muertas al entrar en contacto con el suelo.

Al cabo de un rato que les pareció una eternidad, una nueva sombra surgió colocándose en el centro del grupo. La recién llegada tomó un libro de su bolsillo y lo abrió parsimoniosamente.

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