Primera entrega del homenaje al Bécquer de Veruela

¿Qué es ELFOS?

Sí, pero ¿qué son los Elfos?

El Vigilante de los Elfos (Leyenda irlandesa)

Logo Elfos 2

Bécquer: leyendas desde el Moncayo

En el fondo de las aguas un invierno... (Leyenda aragonesa)

Próximos contenidos

La piedra secreta

María J. Gutiérrez Lera

pág 2 / 5

Asustado y molesto por esos dibujos que él no había imaginado y que no quería en su cueva, Neb salió ágil, como un topo, y galopó hasta las primeras chozas.

-¡Neb! ¿A dónde vas?

Era Rogo, uno de sus pocos amigos, un muchacho bajito, más joven que él y también más avispado.

-A casa.

-¿A esta hora? ¡A esta hora tú nunca estás en casa! ¿Por qué vas a casa?

Neb se encogió de hombros mientras Rogo, poniéndose a su altura, empezaba a caminar junto a él.

-¿No tienes nada que pintar hoy?

-Dime, Rogo, ¿tú sabes todo lo que hacen en la Gran Prueba?

-Claro. La pasaré el verano que viene. Y tú deberías hacerlo también, Neb. Ya es tiempo.

Pero Neb hizo un gesto testarudo.

-Dime, ¿qué hacen?

-¿No lo sabes de veras? ¡Van a cazar!

-Ya. Pero, ¿qué cazan?

-El más fuerte caza el animal más grande, los otros los que pueden. Ya sabes, lo que siempre comemos. A veces hay alguien muy fuerte que trae la piel de una fiera.

-¿Un oso?

-¡Cualquier fiera! Mi padre cazó una en su Prueba; era el más fuerte, por eso le dieron a mi madre que era la mujer más bonita del poblado.

-¿Sí?

-¡Claro! ¡El más fuerte se lleva a la más bonita! Por eso hay que luchar para ser el más fuerte. Tú, si no te esfuerzas, nunca conseguirás una muchacha ni medianamente bonita.

-¡Bah! ¿Para qué la quiero?

Neb se metió enfadado en su choza de barro y se arrojó al suelo. Ese estúpido de Rogo, que siempre quería saberlo todo. No le apetecía pensar en la Gran Prueba, en la dichosa Gran Prueba de la que todo el mundo hablaba y que hacía a los jóvenes sentirse tan importantes. El hubiese querido no tener que pasarla. No le apetecía cazar, no era diestro con las armas de caza como lo era con sus manos para la pintura. Le gustaba pintar, era la única prueba que tenía que pasar, que se había impuesto. Para otros los animales y las fieras, para los demás las muchachas bonitas. El quería pintar, pintar, pintar... Lo demás no le importaba nada.

A media tarde volvió a la cueva. Los trazos seguían allí, impertérritos. Los miró con aire desafiante, temeroso de que de nuevo se mostraran con aquellos contornos sinuosos que él no había dibujado. Pero no; allí estaban otra vez el oso y la cabra, el bisonte y la garra de felino. Estudió con ojos de experto el relieve de la roca, sus salientes, sus recovecos. Sabía bien lo que podía aprovecharse, lo que estaba ya hecho, lo que había que retocar. En la pared estaban los dibujos, él sólo tenía que descubrirlos y pintarlos.

Allí, a la luz de la lámpara de grasa, Neb tenía un rostro hermoso de muchacho. Unos ojos negros, penetrantes, y el gesto de la boca empecinado, testarudo, animal. Estaba delgado como una caña y era ágil, pero nada fuerte. Débil lo había traido su madre al mundo, y débil continuaba.

Con su lentitud acostumbrada y su pericia hizo otro trazo rojo en la pared, justo sobre su cabeza. Lo contempló brillar un momento a la oscilante luz de la llama, mientras se secaba. Ahora la cabra parecía más bisonte, y el oso, cabra. Estaba difícil, esto. Hasta el final no iba a saber lo que estaba dibujando. Y la cueva entera esperaba así, llena de animales escondidos, de escenas, de rayas. A él le tocaba encontrarlas y sacarlas a la luz, como se sacan las raíces y los tubérculos del suelo para poder comerlos.

(Esa tarde pasó largas horas en la cueva, pero no avanzó apenas su dibujo. Se deleitaba allí tumbado, con la llama a su lado, contemplando).

Cuando el sol de verano estuvo muy alto, comenzaron las Grandes Pruebas. Aunque sólo participaban en ellas algunos muchachos jóvenes, el poblado entero se trastornaba aquellos días de arriba abajo, como un calcetín prehistórico. Las mujeres se teñían los cuerpos con colores llamativos y los hombres sacaban cada mañana un rostro más serio de sus casas. En las chozas de las doncellas, días atrás tan bulliciosas, dormía un silencio de abismo. Por todas partes reinaba un aire de presagios negros, como si una desgracia de descomunales dimensiones estuviese pronta a caer, como aluvión de piedras, sobre la aldea.

© copyright 2000 María J. Gutiérrez Lera

"Media docena de cuentos variopintos"

pasar página

logo

portada

 cangrejo

© 2000 Chema Gutiérrez Lera

Revista ELFOS