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El "apagao", que como consecuencia de la deshidratación era ya en apariencia una silueta más
delgada que el perfil de un medallón, percibió que se le empezaba a dar la vuelta la piel y que poco a poco su funda
de mortal se iba poniendo del revés. En una chispa incontrolada de romanticismo, sintió como el sol de mediodía,
a través de los reflejos que se filtraban por la ventana del retrete, se le eternizaba en las mejillas. Se percató
de que, por momentos, le fallaba la memoria y las escenas que formaban parte de su pasado desaparecían en el cerebro como
en medio de una espesa niebla. O que los recuerdos que integraban el vademécum de su existencia, como imágenes color
sepia de un retrato de otro siglo, se quedaban detenidos en el aire.
Una ventana a la esperanza se dibujó en su maltrecho corazón al escuchar, a lo lejos, el ruido
de la puerta de la calle al ser abierta y cerrada. En sus oídos resonó el eco de los tacones de una mujer deslizándose
sobre los terrazos del suelo a través del corredor del inmueble. Sí, era su mujer, que regresaba a casa. Pronto
entraría en el cuarto de baño o atendería su petición de socorro, lo encontraría en aquella
tenebrosa situación y llamaría a una ambulancia. Sí, ella lo salvaría. No cabía duda. Su mujer le ayudaría
a evitar el cruento desenlace que todos los brujos y adivinos del lugar habían vaticinado el día de su nacimiento.
Pero cuando intentó lanzar un S.O.S. desesperado la voz se le quebró desde el primer intento.
Todo el fuelle se le estaba saliendo por un lugar donde carecía de cuerdas vocales para modular. Una y otra vez volvió a
intentar pedir auxilio. Con la voz que ya no sonaba, con los puños que ya carecían de fuerza para golpear la bañera,
con los pies ya incapaces de levantar los zapatos. En un momento de desesperación se acordó del lenguaje Morse,
aprendido cuando pertenecía a los boys scouts, y se propuso acomodar los sonidos que emitía a través de su
atribulado esfínter al de un S.O.S en dicho lenguaje, pero lo único que consiguió fue la repetición de
unos murmullos tan finos y débiles como los chirridos de una bisagra mal engrasada. Nada. Ni siquiera viento le quedaba ya
dentro para comunicar a la amada su agónica situación.
Con el ruido de unos pasos que se alejaban y la puerta de la calle que se cerraba, todas sus esperanzas de
salvación se derrumbaron al igual que un castillo de naipes al recibir el impulso de una leve brisa. Su mujer se marchaba de
la casa y lo dejaba solo, abandonado a su destino, diluido en el cúmulo de sus últimas miserias existenciales, convertido en el
apestoso horror de su propia mierda.
A cada golpe de retortijón, Venancio Cienfuegos tenía la sensación de ser una lavadora en
la que se está preparando una inmensa colada y cuando por fin conseguía aliviarse le sobrevenía un espanto tan
aterrador como el de una mujer a la que acaban de robar la virginidad. Muchas veces había sido vencido por las
almorranas, hasta el punto de que cada vez que iba a cagar le parecía que llegaba su San Martiño. Se lo pasaba tan
mal en aquellas situaciones que había instalado el equipo de música en el servicio y solía poner el himno de
la legión a todo volumen para infundirse valor y que no se escucharan en el exterior los alaridos que pegaba. Pero en esta
ocasión el flujo de los acontecimientos superaba con creces todas las experiencias padecidas. |