---------------------------------------- E l C r o n i s t a d e l a r e d www.aragoneria.com/cronista/index.htm ---------------------------------------- LA SONRISA DE HIDEYOSHI por Marisa Lamarca Era la mañana de un día de finales de primavera, cuando el sátrapa feudal Toyotomi Hideyoshi penetró en el brumoso bosque de bambú. Envejecido y solo, dejando por unas horas sus responsabilidades y dominios, había adquirido la costumbre de internarse en la foresta buscando la serenidad. Pero esa mañana, ni el rumor del agua, ni la fragancia de los crisantemos silvestres calmaron, como en otras ocasiones, la agitación que lo consumía desde el día que murió su amigo Sen-no-Rekyu. Rekyu, considerado como un excelente maestro de té, había mandado construir en su jardín una casita pequeña, muy sencilla, de tan sólo cuatro tatamis y medio. Una pintura caligráfica en la pared principal, el incienso humeante y unas flores en el nicho para las ofrendas, era cuanto se podía apreciar en su interior. Ningún lujo, ningún ruido ni color extraños, nada que pudiera perturbar la serenidad que se pretendía. En ella, todo aquel que era invitado debía despojarse de sus armas antes de entrar. Era allí donde el maestro oficiaba ceremonias de té para sus invitados. A Hideyoshi le maravillaba, sobre todo, la sencillez y calma que imprimía a todos sus actos y, con los años, aprendió a conocer a Rekyu tanto como éste lo conocía a él. Habían sido amigos durante mucho tiempo y a pesar de que en ningún momento Rekyu había mostrado una actitud servil con su protector, el gran guerrero siempre buscaba su compañía. Pero, eran tiempo difíciles para todos, la desconfianza era moneda de cambio y cuando voces malintencionadas susrraron al oído del gobernante que Rekyu participaba en una conspiración para envenenarlo cuando acudiera a la siguiente cita, la cólera se apoderó de él. No lo dudó: fue a su casa y en la sala de té, lo acusó de traición. Sin darle opción a defenderse, le comunicó que había ordenado su ejecución. Sólo le había concedido el honor de quitarse la vida. Depués de la muerte del maestro, mandó confiscar y sellar su casa y sus familiares y amigos cayeron en desgracia. Dicen que, desde aquel día, todo el mundo evitaba hablar de Rekyu en presencia del déspota por no provocar su cólera. Sin embargo, los más cercanos advirtieron un cambio singular en la actitud de Hideyoshi: comía y dormía mal y día a día se iba volviendo más silencioso. Y es que, contrariamente a lo que era habitual en él, cuando Rekyu se suicidó, de inmediato, sintió que se había equivocado. Lo que más le exasperaba era desconocer el significado de semejante contradicción: Rekyu era un traidor y esta ofensa no tenía otro desenlace que la muerte; el honor estaba por encima de cualquier disposición personal. Pero, cuando se constató que aquella denuncia era falsa y que la conspiración no había existido, hacía ya tiempo que Hideyoshi estaba convencido de su equivocación. Si en los meses siguientes al fatal desenlace los pensamientos lo habían perturbado hasta la extenuación, éstos habían dejado paso, con el tiempo, a una persistente melancolía que se alimentaba de imágenes y sensaciones y que, al serle impropia, el déspota no sabía cómo hacerle frente. En esta ocasión, de madrugada, el olor a vainilla de los heliotropos había llegado hasta su lecho y esto había bastado para que su recuerdo le devolviera las imágenes de aquel día infortunado que fue a visitar a Rekyu y en el tokonoma, o espacio de ofrendas de la casa de té, la mejor espiga de heliotropo del jardín reposaba en un delicado recipiente de laca. Sí, aquella mañana no era como las otras, aquella mañana no había podido evitar la sensación de culpa. Vagando por el bosque, agitado y dolorido, se agarró a la imagen serena que guardaba del maestro. Rekyu, lo recordaba bien, le proporcionaba ese raro placer de reconocerse en otro. Aquellas veladas juntos habían sido un transvase de entendimiento mutuo, allí aprendió a conocerse, ahora lo sabía, y allí aprendió a saborear los beneficios de la amistad. La ofensa contra Rekyu, pensó, no era, en sí, haberle quitado la vida; la gran ofensa infligida a su amigo había sido haber dudado de su lealtad; el traidor, a fin de cuentas, era él. Por extraño que parezca, este pensamiento tuvo en Hideyoshi el efecto de una revelación. Inmediatamente cesaron sus sufrimientos, sabía qué debía hacer. Mandó a sus subordinados abrir y ordenar la casa de Rekyu y él se reservó el trabajo de adecentar el espacio de la casa de té. Rastrilló la arena del jardín, barrió y regó el sendero de cantos rodados, sacudió los árboles que esparcieron sobre el terreno sus hojas y, en ese momento, sonrió al recordar que todos estos gestos los había ido aprendiendo mientras observaba, a veces con impaciencia, al maestro. Éste le había dicho muchas veces que cada gesto en la búsqueda de la perfección era más importante que la misma perfección. Con este pensamiento entró en la casa de té; limpió cada palmo, sacó del arcón los objetos propios del té y los lavó con esmero. Mientras pintaba el kakamono que luego colgaría en la pared, recordó que Rekyu insistía en que la belleza verdadera sólo podía descubrirla quien completara mentalmente lo incompleto. Todo estaba dispuesto. A la mañana siguiente, muy temprano, se encaminó a la casa de té. Antes de entrar, depositó la katana en el dintel de la puerta en el hueco hecho a tal efecto. Con respeto, juntando las manos, hizo el saludo al penetrar en la sala; se vistió con las ropas de ceremonia de su amigo, colocó en el jarrón una espiga de heliotropo, encendió las varillas de incienso y se dispuso con calma a preparar el té. Saboreó su primera y segunda taza y cuando hubo terminado la tercera, retiró el recipiente y se desprendió de la vestidura ceremonial, doblándola con cuidado; se acomodó en el zafu o cojín que le servía de asiento y recogió el puñal que había depositado en el suelo. Se fue desnudando hasta la cintura y, con un gesto preciso, se abrió el vientre con las dos heridas rituales. Murió como un samurai, pero cuando encontraron su cuerpo, en su rostro se hallaba dibujada la sonrisa eterna. © Marzo 2001 Marisa Lamarca Calandín ------------------------------------------------------------------------------------------------- Tú también puedes publicar tus creaciones en El Cronista de la red. 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