LIBROS NOMBRES CRONICAS TEMATICAS
El Cronista, conocedor de que muchos y grandes sabios pueblan la tierra, pide perdón por el atrevimiento de aportar su pequeñísimo grano de arena, convencido como está de que sólo a base de la argamasa de la Opinión libre y los adobes de la Cultura diversa puede (re)contruirse un mundo mejor.
Editorial de abril
Que trata sobre el uso de Internet como medio de difundir el patrimonio y la cultura sin necesidad de ladrillos.

El pasado día 10 de marzo un secretario de Estado, el de Cultura, visitaba Zaragoza para anunciar el proyecto de ubicación del llamado Archivo General de Aragón en un edificio que va a ser en parte rehabilitado y en parte de nueva construcción. Es digno de valorar el proyecto, pero a El Cronista le parece que se trata más bien de un premio de consolación por no poder estar en Aragón el auténtico Archivo de la Corona de Aragón, que está en Cataluña.
Sin embargo, El Cronista también cree que está de más la discusión sobre la localización de esos fondos. Si se conservan en Barcelona, en buenas condiciones, bien conservados están. De nada sirven, sin embargo, si no se puede acceder a ellos, si los historiadores están obligados a desplazarse a la llamada Ciudad Condal (¿habría que llamar a Zaragoza Ciudad Real, por ser cuna y sede de reyes durante tantos siglos?) para consultarlos. Eso podría ser así en los tiempos del scriptorium monástico y sus bibliotecas, pero en la actualidad, cuando hasta los notarios dan fe en ciudades separadas por kilómetros, a través de Internet, un archivo no se justifica solo por sus condiciones de conservación, sino sobre todo por la capacidad de difusión de los fondos allí depositados.
Va siendo hora de que alguien dé el primer paso y se enfrente con seriedad y rigor científico al problema.
Los fondos de la Corona de Aragón son patrimonio de todo el Estado. Las técnicas de digitalización de documentos históricos están yo lo suficientemente avanzadas como para que se apliquen, evitando así el riesgo de la manipulación directa de algunos delicados pliegos. Las estanterias kilométricas ya no son tan necesarias, porque existen los CD-Rom y los DVD. Las mesas de diseño especial para consulta de documentos pueden ser sustituidas por pantallas. Y las pantallas las podemos tener en nuestras casas, y traer a ellas a través de las redes los bits históricos en los que se deberían convertir los más antiguos manuscritos. Ojalá no esté lejano el día en el que los políticos, en vez de presentar proyectos arquitectónicos y poner primeras piedras, inauguren los primeros cien "megas" de información de interés público disponibles por los ciudadanos.
Bien, Aragón ya tiene su archivo. Por lo menos el edificio. Se ha dicho que se van a "microfilmar" documentos. Nadie se ha atrevido a hablar de "digitalizar", pero confíemos en que, con el retraso que suele ser habitual en este tipo de proyectos, cuando llegue el momento a nadie le parezca ya extraño o novedoso lo de la digitalización. Un problema menos. Pero hay otra carencia que se arrastra desde hace años. Tampoco Aragón dispone de un Museo de Arte Contemporáneo, aunque sí existan fondos, pues esta tierra es rica en artistas.
Volvemos a lo de siempre. Si un archivo se justifica por la accesibilidad de sus documentos, un museo ¿no tiene su razón de ser en la exposición de las obras allí depositadas? Hágase, por tanto, un "Museo Virtual de Arte Contemporáneo" que, al menos, pueda cumplir objetivos como la difusión de las obras y la exposición didáctica de las mismas y sus autores, y no se prive a los ciudadanos de una cultura artística a la que tenemos derecho.
No es lo mismo, evidentemente, que contemplar un cuadro original, de acuerdo; pero, ¿no es mejor acceder desde nuestros hogares o desde las aulas a una buena reproducción digital de unas obras que, en la actualidad, están condenadas al ostracismo, al embalaje, al polvo y a la ignorancia?
Y, para concluir, hablando de artistas contemporáneos, este mes se celebra el Día de Aragón, San Jorge, el 23 de abril. Uno de los actos más destacados de la celebración es la concesión del Premio Aragón a una personalidad aragonesa de reconocido prestigio y valía. Quizá sea una buena ocasión para repasar la lista de los premiados hasta el momento, y rellenar grandes vacíos.
Veamos. Están más o menos representadas las letras, las artes plásticas, las ciencias y un poco de miscelánea (valores humanos, sociales, danza, etc.). Como botón de muestra valgan los nombres de Javier Tomeo, Ildefonso Manuel Gil, Fernando Lázaro Carreter, Antonio Saura, Santiago Lagunas, Laín Entralgo, Grande Covian, María de Avila...
Pero el cine brilla por su ausencia. Cuando hasta el Gobierno vasco viaja a Los Angeles para festejar la nominación de Imanol Uribe, el Gobierno aragonés podría acordarse uno de estos años de Carlos Saura y de José Luis Borau, a modo de ejemplo, y darles el Premio Aragón. Y, ¿por qué no?, siendo consecuentes, Enrique Bunbury es hoy más conocido en el mundo que el 80 por ciento de los nombres premiados hasta la fecha, dicho sea sin ningún desdoro para ellos.

El Cronista

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