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Vista del cimborrio, muro norte y torre

Hacer y deshacer. Construir, destruir y volver a levantar. Esa ha sido la constante de la plaza de la ciudad por excelencia. Los primeros ciudadanos romanos de Cesaragusta, legionarios licenciados, y que, junto a esclavos como los conocidos Vera, Pomponio o Nico, trabajaron en la construcción de la ciudad y en el foro de la época de Augusto son los antepasados de todos los conciudadanos contemporáneos que durante veinte años han removido los pilares y el subsuelo de La Seo hasta dar directamente con el eco y el testimonio de su remota existencia. Son éstos sucesores de los mudéjares, como Juçe Duman, Mahoma Terrer o Jayel de Caparros entre muchos, que de mayo a junio de 1346 derribaron el cimborrio viejo de la catedral gótica, para ser sustituido por otro más seguro. Como también lo son de los artífices que, encabezados por el maestro Pere de Carnaz levantaron el templo románico en el siglo XII. En un continuo desafío al tiempo, en una incensante renovación de las formas, la plaza de La Seo ha sido siempre un interminable discurrir de la actividad humana: quitando para poner en el lugar de lo que ya había, como ha sucedido incluso recientemente con la remodelación coetánea del lugar.

La Seo

Interior del cimborrio

Con las excavaciones realizadas en toda la plaza parece haberse llevado a cabo una nueva "deductio", una nueva fundación, esta vez quizás simplemente con un sentido de recuperación y de reinstalación de una historia casi nunca bien tratada. La deductio era la ceremonia con la que los romanos tomaban posesión del territorio y plantaban la urbe. Consistía en romper el suelo con un arado, generándose un perímetro sagrado, protegido por los dioses. Invocamos acaso ahora una ciudad reedificada sobre el reconocimiento a todas las civilizaciones y culturas que la han forjado. Haciendo y rehaciendo los tiempos, de todas somos deudores.

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