Japón, universo de contrastes

cARLOS MANZANO (texto y fotografías)


     Japón, desde los más modernos barrios de sus grandes ciudades donde los rascacielos, las estridentes luces de neón, las gigantescas y ruidosas pantallas de video, las inmensas y concurridas avenidas y los pasos de tren elevados dominan el paisaje remitiéndonos a las más delirantes películas futuristas, hasta sus abigarrados y coloridos mercados callejeros que nos devuelven siquiera por unos minutos al continente asiático más agitado y vibrante, ofrece unos contrastes tan marcados que hace difícil encontrar una sola óptica desde la que aprehender tanta diversidad y tanta abundancia. Japón es sin duda alguna un país asiático, y eso se deja ver aunque sólo sea en algunos aspectos secundarios que, no obstante, surgen enseguida a la vista tras rascar levemente en su celofán de urbanismo ultramoderno. Las calles de Tokio rivalizan en ruido y agitación con otras grandes urbes asiáticas (un bullicio, no obstante, perfectamente ordenado y dispuesto, sin atropellos ni peligros aparentes, con calles saturadas de viandantes pero donde casi nunca se producen tropiezos involuntarios); la comida, sin soslayar la sofisticación que la han hecho mundialmente famosa, es también indudablemente asiática: el arroz y los típicos noodles forman parte de su dieta básica; las calles de algunos barrios de la ciudad aparecen saturadas de cables eléctricos, una estampa que, alejada de la más mínima regla estética, podría encontrarse con pocas variaciones en Bangkok, Saigon o Non Penh; por no hablar del clima que, aunque aderezado con algunas peculiaridades nacionales producto de su configuración isleña, presenta unos veranos muy calurosos y húmedos y unos inviernos fríos y lluviosos. En efecto, cuando uno viaja a Japón, debe tener en cuenta que también está viajando a Asia.

     Pero Japón es, al mismo tiempo, una nación que ha alcanzado un gran desarrollo tecnológico y urbano. Es, desde esa óptica, un país occidental que ha hecho del despilfarro y el derroche energético una de sus señas distintivas. La organización social, a ojos de un turista que lo desconoce casi todo del país, aparece apenas sin fisuras, "hormíguea" me atrevería a decir: apenas se dan casos de delincuencia, el tráfico no presenta alteraciones significativas -al menos yo no presencié ninguno de esos atascos que caracterizan nuestras más boyantes ciudades, como Madrid y Barcelona- y la puntualidad de los servicios de transporte alcanza la perfección. A pesar del escollo que supone el idioma, y que pocas veces se estará en condiciones de superar, no hay muchos países donde uno pueda moverse con mayor soltura que en Japón. El civismo de sus habitantes es ejemplar, y no creo haber pisado nunca una ciudad más limpia que Tokio, a pesar de la práctica inexistencia de papeleras en las vías públicas.

     Una de las virtudes más reseñables de la sociedad japonesa, la preocupación por no ofender al otro (es importante, sin embargo, no confundir "no ofender" con "no molestar": la música que hasta bien entrada la noche puede escucharse en algunas calles de Kanazawa o las terribles pantallas de video que, con el sonido a todo volumen, dominan algunas plazas contradicen el comportamiento individual de sus gentes, siempre atento y exquisito) ha convertido el protocolo y la educación en la columna vertebral de las relaciones sociales. Es habitual que a uno le saluden con reverencias al entrar y al salir de cualquier comercio o local; la reverencia es la forma habitual de saludo entre los japoneses, entre otras cosas porque aquí nadie se toca, ni siquiera para solicitar tu atención. Los años en los que el shogun Tokugawa, el auténtico unificador del país allá a comienzos del siglo XVII, impuso la llamada "ley de la espada", por la que cualquier samurai estaba en su derecho de cercenar la vida de otro si pensaba que éste le había ofendido, acabaron por producir resultados más que tangibles en el carácter de los japoneses.

     Otro de los aspectos que más llama la atención de los recién llegados es, cómo no, sus jóvenes. Japón es la cuna de muchos de los movimientos juveniles que pueden observarse actualmente el planeta. Las tribus urbanas, cuyos adeptos desbordan las atestadas zonas de Harajuku y Shibuya los fines de semana, ofrecen una gama de familias y subgrupos tan amplia que a un no iniciado como yo le resulta imposible catalogar al completo: Kogal, Kawai, Wamono, Decora, Lolitas, Gothic Lolitas… son los nombres extraños que adoptan algunas de ellas y que ya se están empezando a copiar (muchas ya lo han sido) en otros lugares del planeta. Para un extranjero resulta del todo imposible describirlas con propiedad, apreciar las sutiles diferencias que las definen y, menos aún, conocer cuál es el origen de cada una de ellas. Al final, quedarán como el punto exótico por excelencia de un sector juvenil que, tal vez renuente a entrar en el mundo ordenado y vulgar de sus mayores, ha hecho de la apropiación de unos usos sociales genuinamente infantiles y totalmente dominados por la apariencia, el último recurso para perpetuarse en un permanente estado de inmadurez.



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© texto y fotografías 2009 Carlos Manzano

©2009 El Cronista de la red

Versión 19.0 - Septiembre 2009