La muerte de Héctor


La muerte de Héctor

pOR rAFAEL LOBARTE



     El capítulo XXII de la Ilíada tiene como título, agregado seguramente en época helenística, "La Muerte de Héctor". Aunque no el último, es sin duda el libro culminante del poema desde un punto de vista argumental, ya que en él se relata el combate entre los dos contendientes principales de la narración, Aquiles y Héctor, pero también uno de los más bellos, tanto por la perfección de su estructura como por el gran patetismo y el poderoso aliento poético en él desplegados.

     Mi primer contacto con la obra de Homero tuvo lugar durante el segundo curso de bachillerato. Entonces, cuando yo tenía 12 años, los últimos minutos de la clase de literatura solíamos dedicarlos a leer en voz alta. Pues bien, tras una tediosa, así me pareció entonces, lectura de "Platero y yo", un buen día un compañero sugirió la idea de que emprendiéramos la de un libro que le acababan de regalar; se trataba de la Ilíada. Ningún otro texto ha conseguido deslumbrarme de un modo semejante. Fue una auténtica revelación, la revelación de un mundo que luego ha resultado para mí tan esencial como el real mismo: el mundo de la literatura.

     Hace ya unos años me propuse el reto de leer el libro más significativo de mi infancia, y del que con posterioridad apenas había releído algunos fragmentos, en su lengua original. La tarea era más ardua si cabe teniendo en cuenta que mis conocimientos de griego en esos momentos eran prácticamente nulos. Pero no hay labor imposible si existe suficiente interés, y claro está, tiempo para acometerla. No obstante, para ello me he servido de un magnífico comentario editado por la Universidad de Cambridge, un proyecto dirigido por G.S. Kirk y cuyo sexto volumen, que comprende los libros XXI a XXIV, corre a cargo de Nicholas Richardson (comentario al que remite, por supuesto, en lo fundamental el contenido de este escrito), que me hizo superar el fastidio inicial que me produjo la lucha con un alfabeto y una gramática tan distintos, y con una fonética que no podía sonarme entonces más extraña. No obstante, las dificultades primeras han dado paso, conforme ha ido avanzando la lectura, a la certidumbre de estar disfrutando de una experiencia extraordinaria.

     Y al hilo de todo esto, me gustaría señalar los excelentes trabajos que existen en inglés sobre literatura greco-romana, sólo equiparable a la ausencia de éstos en nuestra lengua, cuando aunque sólo fuera por simple afinidad debería ser todo lo contrario. Estos días acabo de terminar la lectura del libro XXII, y me gustaría escribir algunas palabras sobre él.

     Pero antes que nada señalar que, para las citas del texto homérico que vienen a continuación, he utilizado dos traducciones muy diferentes: la ya clásica realizada en una bellísima prosa poética por Luis Segalá Estella a principios del pasado siglo (aunque en algunos fragmentos me he permitido ciertos retoques con vistas a una mayor precisión), que tiene la ventaja de que con su aire un tanto anticuado semeja el modo en que debió de sonar el poema épico ya en época clásica; y en unos pocos pasajes he preferido la de Emilio Crespo Güemes, cuya característica más importante es su fidelidad al original.


     La trama


     Dentro del contexto general de la guerra que griegos y troyanos disputaron en torno a Troya o Ilión, el tema central de la Ilíada es, como bien se explicita en su primer verso, la cólera de Aquiles, el Pelida (el hijo de Peleo), el más poderoso guerrero del bando griego, quien enfadado con el jefe de la expedición panhelénica, el rey Agamenón, decide abandonar el combate. A partir de ese momento los aqueos sufren diversos reveses ante las tropas troyanas y de sus aliados dirigidas por Héctor, el hijo del rey de Troya Príamo, hasta el momento en que el guerrero teucro da muerte a Patroclo, compañero entrañable de Aquiles, y este decide reiniciar la lucha imbuido de un ardiente deseo de venganza. Tras de todo esto, no obstante, el poeta encuentra los designios divinos y, en particular, de Zeus, el dios más importante del panteón griego, deseoso de otorgar gloria al héroe agraviado.

     El libro XXII se abre con la descripción de cómo los troyanos, huyendo en desbandada, se encierran dentro de los muros de la ciudad, protegidos por Apolo a quien persigue Aquiles sin saber que está siendo objeto de engaño por parte del dios. Fuera de las murallas tan sólo queda Héctor para hacer frente al temible ataque del Pelida.




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© texto 2007 Rafael Lobarte

©2007 El Cronista de la red

Versión 15.0- Septiembre 2007