El
capítulo XXII de la Ilíada tiene como título,
agregado seguramente en época helenística, "La
Muerte de Héctor". Aunque no el último, es sin duda
el libro culminante del poema desde un punto de vista argumental, ya
que en él se relata el combate entre los dos contendientes
principales de la narración, Aquiles y Héctor, pero
también uno de los más bellos, tanto por la perfección
de su estructura como por el gran patetismo y el poderoso aliento poético
en él desplegados.
Mi
primer contacto con la obra de Homero tuvo lugar durante el segundo
curso de bachillerato. Entonces, cuando yo tenía 12 años,
los últimos minutos de la clase de literatura solíamos
dedicarlos a leer en voz alta. Pues bien, tras una tediosa, así
me pareció entonces, lectura de "Platero y yo", un
buen día un compañero sugirió la idea de que
emprendiéramos la de un libro que le acababan de regalar; se
trataba de la Ilíada. Ningún otro texto ha conseguido
deslumbrarme de un modo semejante. Fue una auténtica revelación,
la revelación de un mundo que luego ha resultado para mí
tan esencial como el real mismo: el mundo de la literatura.
Hace
ya unos años me propuse el reto de leer el libro más
significativo de mi infancia, y del que con posterioridad apenas había
releído algunos fragmentos, en su lengua original. La tarea era
más ardua si cabe teniendo en cuenta que mis conocimientos de
griego en esos momentos eran prácticamente nulos. Pero no hay
labor imposible si existe suficiente interés, y claro está,
tiempo para acometerla. No obstante, para ello me he servido de un
magnífico comentario editado por la Universidad de Cambridge,
un proyecto dirigido por G.S. Kirk y cuyo sexto volumen, que comprende
los libros XXI a XXIV, corre a cargo de Nicholas Richardson
(comentario al que remite, por supuesto, en lo fundamental el
contenido de este escrito), que me hizo superar el fastidio inicial
que me produjo la lucha con un alfabeto y una gramática tan
distintos, y con una fonética que no podía sonarme
entonces más extraña. No obstante, las dificultades
primeras han dado paso, conforme ha ido avanzando la lectura, a la
certidumbre de estar disfrutando de una experiencia extraordinaria.
Y
al hilo de todo esto, me gustaría señalar los excelentes
trabajos que existen en inglés sobre literatura greco-romana, sólo
equiparable a la ausencia de éstos en nuestra lengua, cuando
aunque sólo fuera por simple afinidad debería ser todo
lo contrario. Estos días acabo de terminar la lectura del libro
XXII, y me gustaría escribir algunas palabras sobre él.
Pero
antes que nada señalar que, para las citas del texto homérico
que vienen a continuación, he utilizado dos traducciones muy
diferentes: la ya clásica realizada en una bellísima
prosa poética por Luis Segalá Estella a principios del
pasado siglo (aunque en algunos fragmentos me he permitido ciertos
retoques con vistas a una mayor precisión), que tiene la
ventaja de que con su aire un tanto anticuado semeja el modo en que
debió de sonar el poema épico ya en época clásica;
y en unos pocos pasajes he preferido la de Emilio Crespo Güemes,
cuya característica más importante es su fidelidad al
original.
La
trama
Dentro
del contexto general de la guerra que griegos y troyanos disputaron en
torno a Troya o Ilión, el tema central de la Ilíada es,
como bien se explicita en su primer verso, la cólera de
Aquiles, el Pelida (el hijo de Peleo), el más poderoso guerrero
del bando griego, quien enfadado con el jefe de la expedición
panhelénica, el rey Agamenón, decide abandonar el
combate. A partir de ese momento los aqueos sufren diversos reveses
ante las tropas troyanas y de sus aliados dirigidas por Héctor,
el hijo del rey de Troya Príamo, hasta el momento en que el
guerrero teucro da muerte a Patroclo, compañero entrañable
de Aquiles, y este decide reiniciar la lucha imbuido de un ardiente
deseo de venganza. Tras de todo esto, no obstante, el poeta encuentra
los designios divinos y, en particular, de Zeus, el dios más
importante del panteón griego, deseoso de otorgar gloria al héroe
agraviado.
El
libro XXII se abre con la descripción de cómo los
troyanos, huyendo en desbandada, se encierran dentro de los muros de
la ciudad, protegidos por Apolo a quien persigue Aquiles sin saber que
está siendo objeto de engaño por parte del dios. Fuera
de las murallas tan sólo queda Héctor para hacer frente
al temible ataque del Pelida.
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