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  "Aprendizajes tardíos". Fernando Aínsa. Renacimiento, 2007.



     Aprendizajes tardíos es el primer libro de poemas de Fernando Aínsa, autor consagrado de más de una veintena de libros de ensayo - en los que ha tratado frecuentemente el tema de la utopía y de la identidad cultural hispanoamericana-, y de ficción - El paraíso de la reina María Julia (1994-2006) y Travesías. Juegos a la distancia (Litoral, 2000) han merecido premios nacionales e internacionales. Esta obra se desgrana a lo largo de una fecunda trayectoria intelectual y creativa, desarrollada primero en Uruguay, a donde llega exiliado con su familia tras la Guerra Civil, y luego en París, donde entre 1974 y 1999 fue director literario de Ediciones UNESCO. Actualmente vive y escribe en Zaragoza y Oliete, el lugar donde el autor vivió y escribió los aprendizajes tardíos.

     Aprendizajes tardíos es un libro de poemas dedicado al regreso, al retorno a la tierra "propia" -eterno tema de la literatura-, y al reconocimiento. Al reconocimiento de las raíces y del yo más íntimo y elemental. También es un libro dedicado al ejercicio de la memoria, como parte de ese reconocimiento.

     El poemario está estructurado en cuatro partes -dedicadas a la memoria, a la tierra como locus amoenus, a las gentes de la tierra, y al reconomiento del yo-, además de una presentación, en la que el autor ya dice de sí mismo: "Me presento:/ tardío aprendiz de hortelano,/ falso modesto cocinero,/ y otras cosas/ que ahora poco importan". Esas cosas que ahora poco importan son ciertamente todas aquellas que seguramente habían importado mucho, antes, hasta el momento de esta escritura. Surge, pues, el tema clásico de oposición entre urbe y naturaleza, entre artificio cultural y vida simple. Porque este libro de aprendizajes tardíos es un libro de reflexión honda a partir de la realidad más próxima y sencilla (las nueces, la patata cultivada y consumida con jugoso aceite, la manzana -simple comida y cultural referencia clásica de los bodegones pictóricos-,el ajo, los frutales, las herramientas, y también las gentes del lugar: el ganadero, el agricultor, el jubilado emigrado). A partir también de la propia y personal circunstancia de la enfermedad y el acúmulo de experiencia que ella supone, y a partir del enfrentamiento de todo ello con el ejercicio de la memoria de lo vivido y el nuevo significado que esa vida anterior y presente cobra ahora.

     Es un libro éste de Fernando Aínsa de lectura ágil, cercana, amigable. Pero no nos engañemos: el pensamiento es rotundo, sin fisuras, sereno y exacto, aunque levemente teñido por una inteligente melancolía, que no se deja llevar de sí misma. Las cosas son lo que son. Y en el poemario de Fernado Aínsa hay tanta lucidez como alegría de las cosas. Hasta en el lenguaje, de tono coloquial, pero que se adelgaza con limpidez para elevar el diapasón de la expresión


 "Si es por aquello de mucho ruido y pocas nueces,
	tengo estos años buenas cosechas
	tal es el silencio que reina en esta huerta".

     Si, al comienzo del poemario, la declaración de intenciones del autor hace recordar, inevitablemente, al clásico Marcial en su regreso a Bilbilis huyendo de las galas mentirosas y cansadas de Roma, el final se alza con una hermosa contraposición entre las dudas acerca de la verdad del sentimiento de enraizamiento en el lugar de los antepasados, para alguien que ha vivido siempre a caballo del mundo,

 "¿Qué es esto de las raíces?
	Las tienen ellas, las plantas y árboles,
		Fijados al paisaje desde el primer brote
		hasta el rayo que los parte o la hoz que las siega.
	¿Por qué debo tenerlas yo
		Personaje provisorio de tan diversos escenarios?"

     y la decisión definitiva de descansar allí, finalmente, cuando llegue el momento, junto al padre, cuyas cenizas han vuelto a la tierra de Oliete

 "Desempaquetado,
	en lo alto de mi biblioteca de libros uruguayos
	Papá espera ahora su viaje definitivo
	En una urna sellada de cerámica de Teruel.

	Un día de estos nos iremos juntos a lo alto del cabezo,
	amurallado recinto que domina el pueblo
	última morada de nuestros antepasados.

	Allí,
	al pie del pino donde ya tengo un agujero de un metro cuadrado,
	y no hay otro rumor que el silbido entre sus hojas
	del aire que lo azota
		(¿has escuchado otro árbol que no sea el pino
		Capaz de darle voz al viento del modo que lo hace?)
	lo dejaré con un sentido "hasta luego",
	pues lo tengo decidido
		y espero que mi voluntad se cumpla:
			cuando me abrace la dama del abismo,
			con la que me tuteo y dialogo
	aquí vendré
		a descansar
			-a mi vez-
		a tu lado."


     Luisa Miñana



Aprendizajes tardios


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Versión 14.0- Abril 2007