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     Claro que todo ello, para alguien que ninguna otra cosa saber hacer sino escribir, en una época en la que no existen los derechos de autor, no soluciona las incidencias cotidianas de la vida romana, incluidos el comer y el vestir, que Marcial debía cubrir gracias al clientelismo con sucesivos patrones, y también con amigos que le remediaban en muchas de sus necesidades vitales, incluso en el acopio de tejas para su casa. A Marcial el papel del cliente le resultaba harto enojoso:

     "Anda, libro mío, a dar el buenos días en mi nombre… Si te dice ¿pero por qué no ha venido él personalmente?, puedes excusarte así: porque esto que lees, cualquiera que sea su valor, no ha podido escribirlo un habitual del buenos días" (Libro 1, LXX)

     " Si no es cierto que he querido y merecido/ verte en casa esta mañana,/ puede tu barrio estar más lejos./ Pero es el caso que yo vivo junto a la pilastra Tiburtina,/ donde Flora rústica ve al antiguo Júpiter;/ tengo que subir la cuesta Suburana,/ pisando piedras siempre sucias y mojadas,/ abrirme paso, con apuros, entre mulos/ y entre bloques de mármol arrastrados por cuerdas./ Y lo peor es, Paulo, que, cuando habiéndome esforzado tanto,/ llego rendido, el portero me dice/ que tú no estás en casa. Ese es el resultado/ de mi esfuerzo y de haber empapado de sudor/ mi pobre toga: '¡no sé si ni siquiera merecía tanto esfuerzo/ ver a Paulo por la mañana!/ El que es cumplido siempre tiene amigos/ que lo son menos. Tú no puedes/ ser mi patrono si no esperas en casa." (Libro 4, XXII)

     "Pedí una vez, en préstamo, veinte mil sestercios/ a uno que podía fácilmente dármelos:/ era un antiguo amigo acomodado,/ cuyas arcas encierran gran fortuna./ "Te harás rico -me dijo-, si trabajas/ como abogado". Dame lo que pido,/ que consejos no te pedía, Caio".(Libro 2, XXX.)

     "Cuando los atrios de los Pisones estaban en su apogeo, con su árbol genealógico al completo, y la casa del docto Séneca, tres veces renombrada, yo te preferí a ti sólo, Póstumo, antes que a tan grandes reinos. Eras pobre y caballero, pero para mí eras un cónsul. He pasado contigo, Póstumo, treinta inviernos, teníamos en común un solo lecho. Ahora tú puedes hacer regalos, tú puedes derrochar, estás lleno de honores y colmado de riquezas. Espero, Póstumo, a ver qué haces. No haces nada, y ya es tarde para ir en busca de otro rey. Fortuna, ¿te parece bien esto? Póstumo me ha engañado" (Libro 4, XL.)

     Tener que hacerse tanto el pedigüeño no le gusta a Marcial y por eso añora la antigua costumbre del mecenazgo que le libraría de las incómodas e inútiles tareas del cliente

     "Me dices con frecuencia, mi querido Lucio Julio: Escribe algo grande, ¡eres un holgazán!. Dame sosiego - pero como el que antaño proporcionó Mecenas a Flaco y a su querido Virgilio -, que yo intentaré componer una obra destinada a sobrevivir a los siglos y arrebatar mi nombre a las llamas. Los toros no quieren verse uñidos para arar campos estériles: una tierra gruesa cansa, pero resulta gozosa la misma fatiga" (Libro 1, CVII.)


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