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Texto elaborado por Luisa Miñana, a partir de la bibliografía reseñada



     Marcial tuvo tiempo, antes de morir, de disfrutar por fin unos años del silencio ameno de la campiña en su Bilbilis natal, lejos del ajetreo continuo y de las obligaciones alimenticias de la absorbente Roma, que tan certera e irónicamente pintó, y a la que amó tanto, a pesar de las dificultades entre las que logró sobrevivir y, finalmente, alguna forma de triunfo obtener de la mano de sus epigramas y de sus exigentes protectores.

     La verdad es que el poeta latino demostraba ya en tiempos de los emperadores flavios un carácter propio de las tierras que con el tiempo serían Aragón. Inconformista y crítico siempre, así como poco inclinado al halago y la complacencia. Más bien irónico, mordaz y burlesco con sus contemporáneos y sus costumbres sociales, es también implacable consigo mismo aunque nunca esconda sus méritos que a menudo expone con descaro y desparpajo socarrón. Habla con crudeza y sin remilgos de defectos, vicios, abusos y debilidades. Pero es sumamente tolerante. Y también algo desapegado, si bien la distancia con la que parece tratarse con la vida y los humanos desaparece siempre cuando habla de la amistad, de la lealtad a los suyos, del amor sincero e íntegro, y sobre todo de la infancia, y especialmente cuando se enfrenta a la muerte de los niños y los adolescentes, ante la que siempre se halla desarmado:

     "A ti, padre Frontón, y a ti, madre Flacila, os recomiendo esta niña, la delicia de mis labios y de mi corazón. Que la pequeña Erotión no tiemble de miedo ante las tinieblas infernales y las fauces horribles del perro Tártaro. Hubiera cumplido enseguida los fríos seis inviernos, si no hubiera vivido otros tantos días de menos. Que ella juegue saltarina entre patronos de tantos años y que con su boquita balbuciente charlotee mi nombre. Que un césped suave cubra sus huesos y tú, tierra, no seas pesada para ella: ella no lo ha sido para ti." (Libro 5, XXXIV)

     Esta pequeña Erotión era una esclavita de la casa de Marcial. Después de años de penurias económicas e incertidumbre, el poeta bilbilitano consigue un buen pasar en época del emperador Domiciano (entre los años 81 y 96), aunque él no cesará nunca de quejarse. Tiene una casa en Roma, en el Quirinal, que había sustituido a su primera vivienda alquilada, y otra en el campo, en Nomento, y le atienden algunos servidores. Con Domiciano, Marcial disfruta de ciertos privilegios como el de la espórtula (derecho pecuniario concedido a cambio del ejercicio de ciertos cargos públicos, aunque en este caso debió ir ligado a las loas poéticas dedicadas al emperador), el "ius trium liberorum" (por el que se concedía a ciudadanos distinguidos, aunque fuesen solteros, los derechos de padres de tres hijos), y recibe el grado de tribuno militar, que le otorgaba la condición de caballero, pudiendo disponer de asiento de privilegio en las celebraciones de los juegos en el gran Coliseo que se había inaugurado en el año 80.


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