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Miguel Servet

(En el nombre de la libertad)

Texto elaborado por Luisa Miñana, a partir de la biografía reseñada

lminana@able.es

     Calvino fue cruel e implacable con Miguel Servet y no cejó hasta conseguir su muerte. Servet sin duda era un hombre libre, demasiado libre para el intolerante tirano reformista. Pero también lo era para la Inquisición católica, que ordenó perseguirle más de una vez. Lo fue para cualquiera que entendiera tan sólo de verdades absolutas e inamovibles, sin cuestionarse a fondo los principios que quieren sostenerlas. El oscense Miguel Serveto Conesa, oriundo de Villanueva de Sijena, donde vio la luz un 29 de septiembre de 1511, pensó sobre casi todo y se atrevió a hacerlo sobre la naturaleza de los principios más incuestionados, porque tuvo sabiduría y libertad de alma para hacerlo. Por eso, a sabiendas o no, Calvino le procuró la peor muerte, la de la hoguera. Porque sabía que el fuego podría arrastrarle a la desesperación, Servet suplicó el hacha, para que una muerte injusta y desproporcionada no le arrebatase con la vida su dignidad y su libertad, enarboladas hasta el último momento. No se lo concedieron. Le obligaron a pelear solo hasta el final.

     Los tiempos de Servet fueron inquietos. La época del Renacimiento es en realidad un tiempo frustrado, que abrió mil horizontes (incluido el geográfico con el descubrimiento de América), y que concluyó hundiéndolos casi todos en la melancolía barroca. El hombre ocupa el epicentro de la vida, seguramente por primera vez en la historia. Pero busca referencias absolutas y Dios continúa siendo omnipresente en cada gesto privado y público. Los europeos se debaten entre guerras de religión y de poder. Adoran la razón humanista, pero no olvidan el misticismo ni la magia o la alquimia. Intentan conciliar razonamiento y fe, pero invocan los astros para vaticinar la suerte de cualquier evento.

La Academia (Rafael, Estancias Vaticanas)

"La Academia", de Rafael (Estancias Vaticanas)

     Por todos lados surgen corrientes de pensamiento y teorías teológicas, que se oponen y se entremezclan, que se prestan postulados y se atacan entre sí con virulencia. De ello no se libraron ni católicos ni reformistas, unos con otros y entre sí mismos. Y el pensamiento libre de Servet no consiguió vencer al miedo atrabilario ni a la intransigencia de ninguno de ellos. El de Sijena fue perseguido por las comunidades protestantes de Basilea y Estrasburgo, inquirida su captura por la Inquisición española y francesa, procesado por el Parlamento de París y aborrecido por Calvino hasta tal punto que éste instigó, urdió y colaboró para que fuera detenido finalmente por la Inquisición católica en Vienne del Delfinado, donde residió los últimos años de su vida, y al cabo apresado en Ginebra por una iglesia reformada, juzgado y condenado y ajusticiado en la colina de Champel.

     Servet fue sin duda un visionario espiritual, místico, heterodoxo y radical, pero también un fino espíritu humanista, curioso y estudioso de casi todo. Sus conocimientos abarcaban la teología, filosofía, medicina, astrología, astronomía, geografía y un profundo saber de las lenguas clásicas, latín, hebreo, griego. Ese perfil humanístico tiene que ver sin duda con la gran tolerancia ideológica de la que hace gala en todo momento Servet, y que le dificulta comprender el alcance de las tremendas inquinas que levanta a su paso. Seguramente jamás llegó a pensar que Calvino buscaría su muerte, aunque siempre sintió la sombra del peligro que constantemente le rodeó y que le llevó huyendo de uno a otro lugar por media Europa. Esa tolerancia no fue no obstante liviandad de criterio, porque defendió el suyo a capa y espada e intentó siempre medirlo, para probar sin duda su fortaleza, con quienes él consideraba pesos pesados de la doctrina reformista, y por exponerlo se jugó la vida.


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