Imágenes de Loarre
Portada de Salas
A las referidas causas generales hay que añadir como particulares de cada región las relaciones
políticas y los enlaces dinásticos y principalmente la fundación de Ordenes religiosas que
procedentes de otros país llevaban la civilización artística del mismo a la región donde se
establecían.
Esto sucedio en Aragón, sobre todo en el siglo XI, cuando los benedictinos cluniacenses y las
peregrinaciones jacobeas y las gestiones políticas desde Ramiro I y Sancho Ramirez importaron
de las escuelas francesas no pocos elementos de su estilo románico, determinando con ellos
el cambio y la formación del nuestro. El mismo fenómeno se vió repetido en la segunda mitad
del siglo XII, para constituirse el estilo románico de transición ojival, con la venida de
los monjes cisterciences, entre otras concausas.
Labaro de Tamarite
El estilo del primer período, es decir, el latino-bizantino, excluyendo las obras de arte puramente latino y las del bizantino-arábigo, divídese en las diferentes formas regionales, constituyendo los estilos lombardo, visigótico, carlovingio, asturiano, mozárabe, etc. Su caracter general consiste en cierto fondo latino con alguna ingerencia de elementos orientales, principalmente decorativos. Las iglesias toman por lo común la forma basilical latina, y algunas pocas la cruz griega; las columnas y sus capiteles suelen ser de imitación clásica degenerada.
Románico en Uncastillo
El estilo del segundo período, o románico propiamente dicho, se caracteriza por la fusión que supone de elementos latinos y orientales, y especialmente se distingue por la forma basílical con visible crucero en las iglesias, por el uso sistemático de soportes compuestos, que son pilastras con columnas adosadas a sus frentes, y por el racional empleo de bóvedas y de cúpulas, éstas generalmente poligonales, con estribos exteriores. A medida que avanza la época, se hace el estilo más desahogado y elegante, llegando a ser frecuentemente florido en el siglo XII.
El estilo románico de transición al ojival es una evolución del precedente, que añade mayor gallardia en los edificios con su elevación, amplitud y atrevimiento, y se distingue especialmente por los arcos apuntados y cruceros, que empiezan a adoptarse, aunque de un modo sencillo.
Para el estudio general y abreviado del estilo románico basta examinar en cualquier edificio los siguientes elementos: planta, soportes, cubierta interior (arcos y bóvedas), vanos (puertas y ventanas), ornamentación y estructura.
La planta típica de la iglesia románica propiamente dicha es la basilical, con tres o cinco naves y crucero de brazos salientes; en el testero o cabecera (que mira al Oriente) hay tres o cinco ábsides semicirculares, y cada uno con tres ventanas. Pero así como las iglesias menores no tienen más de una sencilla nave y sin crucero, así las mayores (sobre todo las de grandes monasterios o los santuarios visitados por numerosas peregrinaciones o los templos suntuosos del estilo de transición ojival) suelen ofrecer sus tres o cinco amplias naves con su airosa girola y las capillas absidales abiertas en ella. Las iglesias de los templarios y de otras Ordenes caballerescas tienen, por lo común, planta circular o poligonal y siempre de escasas dimensiones.
Ábside Tamarite
Los soportes característicos del estilo son el pilar compuesto y el estribo o contrafuerte adherido exteriormente al muro. El pilar (montado generalmente sobre un zócalo cilíndrico) consiste en una pilastra que lleva adosada a cada frente una o dos columnas semicilíndricas para sostener los arcos formeros y los transversales o fajones, las cuales columnas tienen basa y capitel, igualmente adosados al núcleo central. Hay también columnas exentas y pareadas; mas de ordinario sólo se hallan estas formas en los claustros, pórticos, galerías y ajimeces. La basa más común es la toscana o la ática, y suele llevar garras o grapas sobre el plinto y el toro inferior.
Los capiteles resultan variadísimos; algunos de ellos conservan recuerdos clásicos de capitel corintio degenerado; pero en su gran mayoría son gruesos y llevan adornos geométricos o diversos motivos vegetales o asuntos símbolicos e históricos; el ábaco, decorado ordinariamente con los adornos propios del estilo, abraza en conjunto las columnas pareadas o yuxtapuestas. Los contrafuertes se presentan visibles al exterior y lisos; mas aunque su forma sea prismática en los muros, suelen aparecer en los ábsides a modo de columnas que sostienen el alero.
La cubierta interior de las naves y estancias difentes consiste de ordinario en la bóveda de medio cañón para la nave central, y de arista o de cuarto de cañón para las laterales, de casquete esférico para los ábsides, y cúpula poligonal, que al exterior aparece a modo de torre o gran linterna, sobre el crucero. Encima de las naves laterales se extiende a veces una galería o triforio, abierto al interior.
Las bóvedas se apoyan sobre arcos, los cuales en el estilo románico propio son todos de medio punto y ordinariamente sin molduras; pero cuando éstas existen, se presentan a modo de grueso baquetón bordeando el arco, y entonces denuncian ser obra del siglo XII o bien de la última época del estilo.
La cubierta exterior o tejado se apoya sobre las bóvedas, mediante una armadura de madera; en el siglo XII se hace independiente esta armadura, insistiendo sobre los muros para no cargar de peso las bóvedas y cúpulas.
Los vanos (puertas y ventanas), abiertos en los muros, osténtanse decorados con magnificiencia en los buenos edificios románicos. Las ventanas suelen ser estrechas y rasgadas, con alguna columnita en las jambas y un arco doble o triple arriba: cuando éste lleva molduras de baquetones gruesos (y lo mismo en las portadas), el estilo es ya del período adelantado, como se ha dicho antes. Hay también ventanas geminadas (ajimeces) y otras en forma de óculos con adornos calados y radiantes; pero esta clase de rosetones, aunque sencillos, es propia de la última época.
Las portadas se flanquean con una serie de columnas en planos cada vez más salientes, las cuales sostienen arcos redondondos y concéntricos, de modo que forman en conjunto un gran arco abocinado y adornado más o menos, según la época y la escuela a que el edificio corresponde. Las columnas inmediatas a la puerta suelen sostener un dintel, y sobre éste queda un espacio semicircular o tímpano, que se adorna con relieves historiados o simbólicos.
La ornamentación típica del estilo románico se compone de un conjunto de líneas geométricas quebradas, billetes, ajedrezados, dientes de sierra y follaje serpeante; además, para sostener las cornisas y aleros, se usan frecuentemente los canecillos y los arquitos ornamentales, y, en fin, para decoración de fachadas suntuosas empléandose las arquerías ciegas y variadas obras de escultura, como estatuas iconísticas, bestiarios (o sea figuras de animales simbólicas), relieves simbólicos, etcétera, mientras que el interior de los edificios se decora con pinturas.
Portada Uncastillo
La estructura general de las iglesias románicas puede inferirse de lo anteriormente dicho sobre la planta, soportes y bóvedas; sólo falta advertir que ella se manifiesta al exterior por los contrafuertes e impostas corridas, los cuales elementos revelan las interiores secciones del edificio, y es de notar asimismo el aspecto encantador que suele ofrecer las fachadas románicas, en las cuales la ornamentación aparece por lo común fundada en la misma estructura de la obra.
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En Aragón predominan influencias lombardas, aunque el estilo se manifiesta muy independiente.
Son frecuentes los arquitos ornamentales, como se divisan en San Juan de la Peña y en Roda;
pero no se usan las bandas lombardas, sino los contrafuertes bien definidos;
hállanse cúpulas semiesféricas sobre trompas en la catedral de Jaca, iglesia del castillo
de Loharre y Santa Cruz de la Serós (Huesca).
Tienen celebridad en el estilo de transición la catedral de Tarazona, las iglesias parroquiales
de Uncastillo y de Ejea de los Caballeros y los monasterios cistercienses de Veruela, Piedra y Rueda,
todos en la provincia de Zaragoza.
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