Bóveda de cruceria. Barbastro
El problema que resuelve el estilo gótico en Arquitectura, es el mismo cuya solución buscaban los arquitectos románicos sin encontrarla del todo satisfactoria, a saber: cubrir con bóveda todas las naves de un grandioso edificio, sin perjuicio de las luces directas y abundantes sobre la nave central, y a la vez contrarrestar el empuje lateral de las bóvedas con elementos propios, independientemente de los muros y aun de las columnas. Todo se consigue con la bóveda de crucería y con los arbotantes o (en todo caso) con los estribos y contrafuertes, que se aplican a los pies de los arcos cruceros, y cuyo oficio ya no es el de contener o reforzar los muros, como sucedía en gran parte de la arquitectura románica. De aquí la distinción de los elementos de construcción en activos y pasivos, contándose entre los primeros el arco y los nervios de la bóveda, el pilar y el estribo, y entre los segundos el muro de cerramiento y la plementería de las bóvedas; éstos pueden suprimirse, o adelgazarse cuanto se quiera y convenga, mas no los primeros.
Secciones de arco
Los mencionados principios fundamentales y elementos característicos de la arquitectura ojival, ya considerados en sí mismos, ya por la manera como se han entendido y aplicado en este arte, consiguieron la más completa idealización que ha logrado la Arquitectura como arte bella en su afan de establecer el triunfo del espíritu sobre la materia; y ésta es otra característica del arte gótico.
Pero un estilo no consiste en la reunión de elementos como quiera, sino en la combinación sistemática y perfecta de ellos, que dé por resultado una forma de arte bien definida. En tal concepto, se reconoce hoy por los críticos e historiadores del arte que el estilo ojival desarróllose primero en el Norte de Francia, a principios del siglo XII, aunque ya a finales del siglo XI se construyó en Inglaterra la catedral de Durham con estructura gótica. No obstante, siguió dominando en el nuevo estilo cierta forma o fisonomía románica hasta fines del siglo XII, aun en Francia, y en otros países continuó asimismo durante la siguiente centuria: es el estilo que se llamo de transición, con distintas variantes, y que hoy se dice con más razón ojival incipiente. Difundióse luego a diferentes naciones europeas el estilo ojival, llevado sobre todo por los monjes del Cister, y llegó hasta Rodas, CHipre y Siria por medio de las Cruzadas.
En España tuvo principio el arte ojival perfecto y puro en los primeros años del siglo XIII con la nave mayor de la catedral de Cuenca (1208) y las catedrales de Burgos y León, a las cuales muy pronto siguieron las de Toledo y Burgo de Osma; pero medio siglo antes se había desarrollado el estilo de transición con carácter propiamente ojival, como lo prueba entre otros monumentos Santo Domingo de la Calzada, construido entre los años 1168 y 1180.
Las causas generales del estilo han de buscarse en la necesidad de mayor amplitud e iluminación de las iglesias, en el mayor desarrollo de la vida social e intelectual de la época y en la natural evolución de la arquitectura románica, toda vez que de ella al estilo de transición y de éste al ojival no media más de un corto paso.
Dividimos, pues, el estilo ojival en tres períodos: incipiente, de apogeo y decadente, los cuales corresponden a tres formas, a saber: sencilla, elegante y florida. La primera se caracteriza por la escasez de molduras en los arcos y de columnillas en los pilares, y por cierto aspecto de severa robustez que ofrecen las construcciones; la segunda añade más complicación de nervios, molduras y adornos varios, junto con mayor esbeltez y elegancia; la tercera sutiliza todos los elementos, convierte los pilares en haces de juncos y las bóvedas en un laberinto de nervios, se recarga de minucioso ornamento, y en éste se multiplican las curvas retorcidas, la flora exuberante, los calados flamígeros y las figuras realistas y caprichosas. Corresponde la primera forma al siglo XII (incluyendo los elementos ojivales del estilo de transición) y a buena parte del XIII; la segunda al siglo XIV con algunos años del del precedente, y la tercera al siglo XV (ya bien entrado) y primera mitad del siguiente. Pero tengase en cuenta que las mencionadas formas (por lo menos las dos primeras) se refieren a determinadas secciones del edificio y a sus miembros o elementos arquitectónicos, más bien que a la totalidad o conjunto de la fábrica; pues atendido el largo tiempo que se invirtió en estas construcciones ojivales, casí todas ellas presentan en un mismo edificio diversidad de formas, según las épocas por las cuales atravesaron. Y no se olvide que en unas regiones comenzó y se desarrolló más pronto el estilo que en otras, o persistió con mayor tenacidad a través de la época siguiente.
Catedrales: son los edificios más importantes del estilo, en los cuales agotó su prodigiosa inventiva, sus riquezas y su atrevimiento: a su construcción contribuían porfiadamente los Obispos, Reyes, magnates y pueblo cristiano. Constan ordinariamente de tres naves; pero las hay de una y de cinco y hasta siete, incluyendo las serias de capillas laterales. Una de las piezas a que da singular importancia el arte gótico en las catedrales, sobre todo por la riquisima labor escultórica con que la embellece, es el coro, situándolo en medio de la nave central; pues aunque a los principios de la época de este arte seguíase la costumbre tradicional de establecerlo en el ábside o en el transepto, salvo raras excepciones, por fin se trasladó a dicha nave mayor desde el siglo XIV y definitivamente hacia los últimos años del siglo XV. Por lo demás, cuanto de grande y hermoso hemos visto reunir el estilo ojival en la precedente reseña, todo debe entenderse de las iglesias catedrales de la época y de algunas iglesias mayores.
Las iglesias menores o populares traducen con sencillez el estilo ojival de las grandes iglesias que podríamos llamar aristocráticas, y lo simplifican reduciéndolo a los rasgos más salientes. El tipo más común consta de los siguientes elementos: planta de cruz latina o rectangular sin crucero, un ábside con bóveda de crucería, supresión de arbotantes, portadas y ornamentación de solas molduras y algún follaje; techo de madera, montado sobre los arcos de la nave y más o menos decorado; coro alto sobre la entrada, desde fines del siglo XV.
Conventos con sus iglesias: de estilo ojival sencillo, adoptado y propagado por las Ordenes mendicantes desde el siglo XIII. Las Ordenes monásticas siguen también la misma forma de estilo, distinguiéndose por la pureza de líneas y sobriedad de adornos los monjes cistercienses, que forman escuela.
Los claustros, ya de catedrales, ya de conventos, continúan con el mismo plan de la época románica; sólo que sus arcadas son ahora grandes ventanales con tracería propia del estilo ojival y del período en que se construyen; sus ámbitos suelen cubrirse con bóveda de crucería.
Las Torres-campanarios dejan de tener el aspecto de fortalezas y se construyen de forma prismatica, generalmente octogonal en los cuerpos superiores y cuadrada en los inferiores, rematando en agudísima flecha; su posición regular, con respecto a las iglesias, está en los lados de la fachada; pero a veces se alza única sobre el centro de ésta o sobre el crucero, y siempre ostentando en sus ventanas y remates la ornamentación propia del estilo.
Los cementerios y sepulcros continuaron como en la época del estilo románico; pero desde el sigklo XV y mucho más en el XVI se concedió con alguna facilidad el sepelio de los sacerdotes, caballeros y personas de distinción en el interior de las iglesias. Erigíanse para los distinguidos personajes mausoleos y sarcófagos magníficos; sobre éstos labrábase de ordinario la estatua yacente, que representaba al difunto, y se colocaban inscripciones y relieves de asuntos religiosos. Tiene gran celebridad los sepulcros de nuestras catedrales y monasterios en sus claustros.
Las construcciones civiles y militares de la época ojival reflejal los esplendores de este arte en sus puertas, ventanas y torrecillas.
Escuela cisterciense.- Es carácter general de esta escuela en todo tiempo la gran sobriedad en la ornamentación, el cubrir las portadas con baquetones o molduras tan sólo, la exclusión del arbotante, la pureza y regularidad en las líneas arquitectonicas y la frecuencia con que se sirve de los falsos apoyos para sostener en los muros el arranque de los arcos de crucería. Las iglesias son de tres naves y crucero, con los ábsides de frente y sin girola cuando imitan el estilo de la iglesia del Cister; pero con girola y capillas absidiales cuando siguen el tipo de la de Claraval. Entre otros muchos fueron célebres los monasterios de Claraval, Cister, Senanque y Fontfroide, en Francia; Piedra, Rueda y Veruela, en Aragón.
Tiene sus afinidades con el de Cataluña, pero resulta más independiente y ecléctico. En los siglos XV y XIV se amalgama el estilo florido (nunca exagerado) con el mudéjar, y se cubren las iglesias con bóvedas estrelladas, muy comunes en esta nación, aun tratándose de iglesias menores y del Renacimiento. El plano de las iglesias no es el genuino tipo de salón, pero carece de crucero y girola, presentando los ábsides de frente. Distínguense, entre otras, las catedrales de la Seo de Zaragoza, la de Huesca, la de Barbastro (ya del siglo XVI y con gran esbeltez en sus columnas), la colegiata de Boltaña y las de Bielsa y Tamarite.
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